Por Helí Herrera Hernández.

Eran los años finales de la década de los 70 cuando empecé a luchar contra el gobierno y su partido: el PRI, el invencible PRI, aquel PRI que controlaba desde la integración de las casillas hasta el mas alto cargo de decisión en materia electoral, la Comisión Federal Electoral, que presidia el secretario de gobernación, pasando, luego entonces, por la hechura tanto de la credencial que te daba derecho a ir a la urna a depositar tu sufragio, hasta la hechura de las boletas electorales y actas de escrutinio finales.
En pocas palabras, aquel PRI que cuando perdía, arrebataba, y utilizaba el ejercito para desalojar los palacios municipales o las carreteras que tome primero, como dirigente municipal, y mas tarde como líder estatal del PPS. Aquel PRI-Gobierno al que llegue considerar que solo mediante las armas podíamos sacarlo de palacio nacional, porque era dios padre (gobierno), dios hijo (el partido), y el espíritu santo (el ejercito), en el mismo.
Pero a pesar de la lucha cuasi-perdida que enarbolamos, jamás nos rendimos y siempre albergue la esperanza de que algún día se resquebrajaría, y empezaría a perder fuerza en algunas regiones o estados, y mas cuando comencé a observar las contradicciones internas entre sus principales cuadros, cuando los hijos de los viejos priístas estudiados en el extranjero, con las tesis de Milton Friedman, empezaron a encumbrarse en cargos públicos de segundo y tercer nivel en el gobierno federal, y empezaron a desplazar a sus compañeros que todavía veían al PRI, como el vehículo para cristalizar los objetivos plasmados en la constitución surgida de la revolución mexicana.
Y se vino la primera implosión del PRI a finales de 1987 cuando surgió la corriente critica con Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Cesar Buen Rostro, Ifigenia Martínez etc., y se vino la construcción del Frente Democrático Nacional con partidos pequeños, que hacían imposible pensar siquiera en una triunfo que derrotara al PRI-invencible, pero el gigante cayo, y solo el mega-fraude ejecutado por el hoy morenista Manuel Bartlett evito que Cárdenas fuera constitucionalmente el presidente de México.
Hoy el PRI vive su segunda implosión y quizás la definitiva, porque lo veo camino al cementerio. Hoy es una extorsión la que lo enrumba a ese destino, a cambio de impunidad para su dirigente nacional y varios de sus allegados, sin importarles que su instituto político desaparezca, porque somos testigos como en los medios de comunicación y redes sociales se palpa la división a nivel municipal, estatal y nacional de sus dirigentes.
Un partido que durante meses su bandera de moratoria constitucional con el PAN y el PRD le permitió revivir y albergar sueños de >en coalición retomar el gobierno federal<, en unas cuantas semanas, el extorsionador desde palacio nacional tejió una estrategia basada en la corrupción de Alito y sus secuaces, para que éste la comprara a cambio de entregar la plaza, de abdicar y convertirse en minutos, de férreos enemigos de la militarización en México, en defensores para que los verde-olivo permanezcan en las calles y plazas públicas hasta el 2028.
¡Tan corrupto y pillo el que extorsiona como el que vende su impunidad al extorsionador!
Mal andamos en México cuando los quehaceres de la patria se resuelven en un “team back” en la sesión de Congreso, el primero de septiembre, y que lamentablemente afectan la cosa pública.
¿Dónde se extravió el Obrdorismo ético que pregonaba como ruta para cuando tomara el poder? ¿Dónde quedo la moral de aquel líder que hoy acumula el mayor número de ciudadanos arrepentidos de haber sufragado por él?