Clara García Sáenz

Todo maestro que se ponga frente a grupo, hará su mejor esfuerzo por dar clase”, solía decir mi amiga Débora Treviño experimentada maestra normalista; ella estaba convencida de que el docente, podrá en ocasiones no saber o no tener experiencia pero que “siempre se esforzará para dar clase” y entre risa remataba, “porque nadie quiere exponerse al ridículo”.
Esto lo he recordado toda la semana, porque desde el lunes pasado, todo el ejército de maestros de este país comenzó a dar una de las batallas más épicas en la vida contemporánea de nuestra república, dar clase en línea. Y digo épica, porque es algo fuera de lo común que será recordado como memorable.
Cierto, muchos no sabíamos cómo, pero desde marzo cuando se adelantaron las vacaciones de semana santa y transitamos por meses de incertidumbre, estos fueron aprovechados por los que saben de tecnologías para habilitar plataformas, mecanismos y puentes de comunicación de tal modo que hubiera formas de emprender esta experiencia virtual.
Se capacitó a los maestros en la nueva modalidad de impartir clase y finalmente la maquinaria arrancó hace algunos días con todos los problemas que implica hacerlo con millones de mexicanos que viven en un país pluricultural. El programa arrancó, ante la mirada atónita de muchos países en el mundo que resolvieron entre otras cosas darles pase automático de grado a los alumnos, regresar a clases presenciales con graves rebrotes o simplemente seguir paralizados.
Los medios de comunicación se llenaron de críticas de los expertos en educación, de opinadores que creen que saben y de los detractores de la federación que señalaron reiteradamente que no estamos preparados, hubo una gran cantidad de memes que exponían las carencias, chistes crueles contra los maestros, inconscientes que dijeron que las mamás harían la chamba y los maestros cobrarían.
Pero el lunes pasado miles de maestros nos sentamos frente a la computadora intentando contribuir con la patria haciendo lo que nos gusta hacer, impartir clase; cierto, con carencias y limitaciones tanto tecnológicas, pedagógicas y didácticas por la nueva modalidad. Sin embargo, en todos, en absolutamente todos los que empezamos a impartir clase el lunes se cumplió lo que la maestra Débora Treviño afirmaba, hicimos nuestro mejor esfuerzo.
Y sirva esta nueva experiencia para desnudar la pobreza en México, las carencias sociales, el abandono de las comunidad rurales, la marginación, la desigualdad que siempre han estado ahí, pero que nunca nadie de los que ahora críticas este esfuerzo, la vio y la denunció.
Me pregunto si los detractores de esta experiencia tienen idea de lo que representa sentarse por horas a dar clase, después revisar tareas, contestar preguntas, preparar exposiciones y además batallar con la señal de internet; pero sobre todo, sin el afecto cercano de los alumnos que alimentan con su entusiasmo el día a día de quienes intentamos practicar la empatía, con una sonrisa, una palmada o alguna ocurrencia. Al menos para mí, esa es la parte amarga de esta experiencia, no sentir el afecto y la calidez del salón de clase.
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