Por: Clara García Sáenz

Recordé que en uno de los primeros episodios de Palinuro de México, un grupo de personas beben un poco de vino en un campamento de heridos de la Gran Guerra y ellos sueñan con que algún día regresarán a casa, podrán casarse y librarse de ese momento terrible. Pero aún ahí, encuentran espacio para ser felices.
Y ese tal vez sea el trabajo que todos tenemos que realizar en estos días de confinamiento, la razón final de querer estar vivos y libres de covid, no es porque queramos recuperar nuestras rutinas y libre tránsito, sino porque queremos ser felices; el fin último de la humanidad diría Kant, es ser feliz.
Pero en el encierro mismo, diariamente trabajamos por la felicidad, durmiendo todo lo posible, viendo películas, leyendo, limpiando rincones, aprendiendo o perfeccionando un oficio, creando un negocio, compartiendo con otros nuestros saberes.
Todo vale, si de lo que se trata es salir vivos de ésta. A lo largo de casi 150 días que lleva el confinamiento hay cosas extraordinarias que nos han pasado. Quienes me conocen saben que siempre me he quejado de los comerciantes victorenses por ser muy ambiciosos y poco serviciales. Siempre he tenido la percepción que tratan al cliente como a alguien a quien le hacen un favor y no el venderle un producto o servicio; son expertos en el “no se puede”, “no hay”, “así no” y hay alta comisión si de tarjeta de crédito se trata al pagar. Pues vaya actitud de cambio que me ha sorprendido, hablé a una tienda de materiales para construcción para saber sus horarios de venta, me ofrecieron el servicio vía telefónica y cuando les dije que no tenía efectivo me dijeron que con el material mandarían a una persona con la terminal y me cobraba en mi domicilio sin comisión alguna.
Luego hablé a una frutería, me levantaron el pedido y vía whattsapp me mandaron una foto del ticket de compra y me preguntaron mi forma de pago y si era en efectivo, les dijera si quería feria.
Pero las cosas fueron cambiando, como en las primeras semanas de confinamiento era difícil ir al centro comercial, optamos por la tienda del barrio, luego mi Maestro Melitón Guevara me recomendó a un excelente productor de huevo y pollo que tiene una granja familiar y viene desde más allá de Tierra Nueva a surtirme lo necesario cada tres semanas. Luego alguien me invitó a un grupo de Facebook de vecinos de la colonia y ahí me contacté con Adrián que es un excelente vendedor de fruta y verdura, que de forma expedita trae lo que le pido, Kenia mi otra vecina me surte el pescado traído directamente de Carbonera, un matrimonio joven abrió una carnicería a dos cuadras y hacen una excelente barbacoa.
Todos los cumpleaños y festejos que hemos pasado en confinamiento los hemos acompañado con los pasteles de Dulce Tentación de Alejandra, mi compañera de trabajo que los hace exquisitos. De vez en cuando vamos al comedor Mónica para comprar caldo de res y gorditas, un lugar tradicional en el libramiento muy cerquita del mono, quien a pesar de pasar muy duras las primeras semanas, mantuvo a todo su personal y ahora empieza a respirar nuevamente cumpliendo todas las medidas sanitarias. Ya no salgo a comprar tamales, la mamá de Saúl hace unos muy sabrosos y Ana Laura unas enchiladas potosinas riquísimas.
Aún me falta comprarle pizzas don Gato a Carla Flores, un panqué de elote a Mi cocina de Graciela Ruiz y los que se vayan sumando en una economía que tal vez no registre en el PIB ni en la macroeconomía, pero que nos ha servido a todos para mantenernos vivos, sobrevivir económica y emocionalmente, a muchos consumidores y vendedores nos hace felices, es una terapia ocupacional pero sobre todo ha creado una red de cooperación mutua, lazos de afecto, solidaridad y empatía.
Comentarios como “ahora todo mundo vende”, que algunas personas hacen en las redes sociales, son expresiones que debemos leerlas en positivo, y yo agregaría “qué bueno”, porque hemos sido capaces de reinventarnos, de explorar nuestros talentos, de vencer los miedos, de empezar a crear otra economía, más cercana, más efectiva.
Ciertamente, muchas mujeres hemos vuelto a la cocina, a lavar platos tres veces al día, a asear la casa, pero también ha servido para vernos hacia dentro, a reencontrarnos con la familia que almuerza, come y cena junta; donde los maridos y los hijos empiezan a entender qué es el trabajo colaborativo, haciendo tareas domésticas. Estamos aprendiendo a volver a vivir, no soplar las velitas sobre el pastel, saludarnos con los ojos, adivinar si el otro ríe bajo el cubre boca.
En el recuento de estos días sin fin, he descubierto que puedo prescindir de HEB, que la vida es más saludable con la comida casera, que la vanidad es un trastorno académico, que la vida carece de sentido cuando no tenemos fe y que algo que nos puede hacer muy felices es procurar la felicidad de los demás.
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