Rutinas y quimeras

Clara García Sáenz

Motivada por mis lecturas recientes de Viejo y Nuevo Padilla, Tamaulipas, contrario a lo que se pensaría de ir a visitar las ruinas del viejo pueblo que fueron sumergidas por la presa Vicente Guerrero y que ahora están expuestas a toda clase de agresiones tanto naturales como humanas al bajar los niveles del agua, optamos por ir a “ver” el nuevo asentamiento, lo pongo entre comillas porque después de mi indagación histórica y las pláticas que tuve con algunas personas acerca de su construcción, me surgió la necesidad de constatar ciertos datos y de tratar de responderme algunas preguntas que me habían surgido del lugar, recordé que en la Nueva Villa de Padilla había estado un par de veces pero entonces me pareció un pueblo anodino, sin nada interesante que admirar.

Llegamos a media mañana a la plaza principal y el primer lugar que visitamos fue la iglesia, es el edificio más imponente y al parecer, es una réplica del construido en Viejo Padilla, solo que de mayores dimensiones, en el atrio se conserva a manera de memoria la cruz que coronaba la fachada del antiguo templo de fines del siglo XVIII, del cual ya no queda nada por el reblandecimiento que provocaron las aguas de la presa que en 50 años han subido y bajado de nivel dejando sus ruinas expuestas a la destrucción.

Dentro del edificio del ayuntamiento hay una serie de murales que van contando la historia del pueblo desde su fundación en el antiguo asentamiento en 1750 por José de Escandón, el memorable fusilamiento de Agustín de Iturbide en 1824, la inundación del antiguo Padilla y el traslado de la población.

Después recorrimos algunas de sus calles, en la escuela primaria que está frente a la plaza principal, han construido recientemente una fechada que evoca a la que originalmente tenía la escuela en el antiguo pueblo, no con sus dimensiones colosales de la que aún se mantiene en pie, ni tampoco totalmente, es como una especie de breve homenaje para  alimentar la memoria.

De anchas calles, bien trazadas, sin duda, la Nueva Villa de Padilla es un pueblo moderno, diseñado y construido hace ya 50 años; en cada cuadra aún se pueden ver algunas de las casas que originalmente se construyeron cuando la población fue trasladada ahí.

Aunque la mayoría han sido modificadas o algunas otras derruidas para levantar casas de dos o tres pisos, resulta interesante ver que existe un buen número que aún se conservan en su estado original y que sirven como una memoria viva de su fundación, aunque con techo de concreto, porque las entregadas a los pobladores tenían asbesto, el cual se arruinó con la primera tromba que pasó por el lugar, teniendo que intervenir el entonces senador Enrique Cárdenas González para que el gobierno federal arreglara el entuerto y les pusiera lozas de concreto.

Dos cosas me llamaron poderosamente la atención, la primera fue la evidente preocupación de sus habitantes por conservar la memoria histórica, manteniendo en un hilo discursivo que ambos pueblos están hechos de la misma esencia, es decir, son los mismo pobladores solo cambiaron de lugar, y la segunda, es su forma de recrear la memoria para alimentar la nostalgia a través de las réplicas de sus edificios emblemáticos, la escuela y el templo. Aunque según algunos la traza de su plaza principal y el kiosko también están construidos como los antiguos.

El traslado de las familias padillenses del antiguo al nuevo pueblo, no fue un éxodo en el sentido bíblico, no creo que a ese doloroso hecho se le pueda llamar así porque, si bien fue una salida, no lo fue por voluntad propia ni para buscar la tierra prometida. Pienso en el dolor de dejar lo que se ama, en extraviarse en los recuerdos sin tener una evocación material de sus lugares de infancia, el primer amor, etc.

 Pienso en el sufrimiento de las mujeres y hombres que cambiaron su vida cotidiana, su rutina y hasta su trabajo al salir; volverse pescadores siendo agricultores, la honda soledad de no ver su paisaje cotidiano nunca más, guardarlo en el imaginario, en la nostalgia, en la tristeza de tener que sentir como propio algo ajeno, desconocido, nuevo. Ahora los ancianos de Padilla fueron los hombres y mujeres de 20 y 30 años que salieron entonces con sus familias cuyos recuerdos de aquel pueblo inundado aún permanecen vivos.

Después de andar e intentar comprender con conocimiento de causa histórica su paisaje, fuimos a la calle Zaragoza a comprar pan de dulce; mi amiga Minerva, oriunda del lugar  nos dijo que era el mejor del pueblo; estaba delicioso, según calificó mi madre, uno de los paladares más exigentes que conozco.

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