Por: Clara García Sáenz

Así de pronto llega, de un día para otro muchos descubren que son cuidadores de un enfermo o de un anciano. Creo que nadie tampoco lo elige, llega por circunstancias naturales, del destino, de la voluntad divina.
No me refiero a quienes cobran por hacerlo o lo eligen como profesión; me refiero a los millones de personas que en el mundo cuidan a un familiar y frente a la circunstancia impostergable improvisan, aprenden sobre la marcha, comenten errores pero siempre intentan lo mejor con la actitud amorosa hacia sus padres, esposos, hijos, abuelos o tíos que están bajo su responsabilidad.
Dice el Papa Francisco que es fácil cuidar a un enfermo o anciano por días o semanas, pero hacerlo por muchos meses, incluso años es una tarea harto complicada y que la única cosa que puede sostener a un cuidador es el amor que sienta por quien tiene bajo su responsabilidad.
En los países del primer mundo son muy comunes las casas de ancianos, incluso el cine norteamericano está lleno de anécdotas de personas que buscan y eligen su casa de cuidado, como algo muy normal; en Europa para ser el destino inexorable de los ancianos.
Recuerdo que hace años el gobierno italiano impulsó un programa llamado “Adopta un abuelito” nombre que después se robó el gobierno de Tamaulipas para implementar un pobre y triste programa de despensas. En Italia el programa consistía en que las familias podían ir a los asilos de ancianos y llevarse un abuelito a casa para que viviera con ellos, en la intención de darle calidad de vida y fomentar los valores hacia estos en los niños y adolescentes. A cambio el gobierno otorgaba una mesada a la familia quien tenía que cumplir diversos requisitos antes de llevarlo a vivir con ellos.
Aunque algunas teorías neoliberales señalan que las casas de ancianos no funcionan en países del tercer mundo porque la mayoría de la población es pobre y no tiene para pagar. Lo cierto es que en México, el cuidado de los ancianos es muy frecuente y silencioso.
Baste ver en las largas filas de vacunación a miles de personas que llevan a sus ancianos en sillas de ruedas, cuidadores que hacen fila una noche antes, personas que llevan en carro o carretilla a sus viejitos, las miles que se aglomeran, reclaman y desesperan para que su enfermo reciba la vacuna.
Siempre he dicho que una persona que es cuidador no puede ser mala, aunque ya alguien me recordó el personaje de Psicosis, la película de Hitchcock donde Norman Bates cuida a su madre pero es también asesino de huéspedes. Sin embargo, creo que hasta él tenía algo de bondad.
El cuidador por lo tanto es como una especie de escritor fantasma, el sirviente invisible, al que le toca vivir en el “deber ser”, el que descubre que es un “cuidador” muchos años después de realizar sus tareas, el que a pesar de que tiene siempre formas de huir, se queda, asume y sirve con amor, sin esperar nada en un lugar donde la muerte ronda cada día, cada hora, cada instante. A quien todos ven y pueden compadecer, pueden coincidir, pueden admirar, pero nunca comprender. A quien el Estado y el mundo invisibiliza a pesar de que en él descansan muchos de los problemas a los que la sociedad renuncia seducida por el egoísmo de la comodidad, el disfrute y la inmediatez. Nadie está preparado para ser cuidador, es un servicio que se aprende a diario sostenido sólo por el amor.
E-mail: claragsaenz@gmail.com