Clara García Sáenz

Todos hemos tenido una tía favorita, esa a quien queremos y sentimos más que a las demás; que nos arropa cuando nuestra madre nos regaña y es capaz de cobijarnos con un amor casi intacto, como el de nuestra madre.

Así era mi tía Jovita, dos años mayor que mi mamá y una de sus muchas hermanas; pero nunca importó cuantas fueran, ella siempre fue mi TÍA, así con mayúsculas, quien me abrazó con su amor maternal desde que yo era niña, aunque viviera a 700 kilómetros de distancia.

Como toda tribu chichimeca extensa, que se va dividiendo en pequeños grupos para conseguir el sustento, mi padre emigró con mi madre y mis hermanos mayores de Torreón a Ciudad del Maíz, entonces mi madre y mi tía eran muy unidas.

Mi madre recuerda que cada ocho días, mi tía cruzaba Torreón de un extremo a otro con todos sus hijos para ir a visitarla; así que, cuando mi familia emigró, todos empezaron a sufrir una larga ausencia, que nos heredaron a quienes nacidos ya en tierras potosinas.

Extrañar a mi tía y mis primos era parte de los más sagrados valores de mi familia, siempre se les recordaba y mi mamá permanentemente vivía añorando a su hermana.

Cuanta mi madre que cuando llegaron a Ciudad del Maíz después de una larga noche de viaje desde Torreón con toda la mudanza, mi papá, que era un hombre muy despegado de su familia y que tal vez por eso emigró tal lejos y sin problemas de ausencia, le dijo a mi mamá, en tono de sorna “A ver si su hermana, que la quiere tanto viene hasta acá a verla”.

El siguiente verano mi tía y mis primos, estaban ahí de visita. Entonces mi padre sorprendido al verlos exclamó “pues vaya que si la quiere su hermana”. Desde entonces, casi cada verano la casa se iluminaba con la alegría de esa visita que venía desde la tierra prometida a vernos; mi madre, cargando siempre la nostalgia de su tierra se encargaba de que nosotros también suspiráramos por Torreón y por mi tía todo el tiempo (aún los nacidos en Ciudad del Maíz).

Pero mi tía Jovita, era lo opuesto a mi mamá, eso creía yo cuando era niña; una mujer fuerte, de voz potente, que sabía decir no y cuando quería enfatizarlo usaba su dedo índice “no, fíjate que no” y reafirmaba con su cabeza. Y ese gesto, tal vez imperceptible para muchos, se me quedó marcado como su expresión más grande de valentía ante la vida.

Ella se encargó de que el vínculo familiar nunca se rompiera, como sí sucedió con la familia de mi padre. Se preocupó por que siguiéramos siendo una gran tribu, que nuestra raíz no se perdiera en la distancia; que nuestra identidad, un tanto apache, siguiera vigente; que la memoria perdurara y el lazo indisoluble de la familia siguiera encendido como una llama de amor.

No sé cuánto tuvo que privarse durante todo el año para ahorrar del gasto diario que le daba mi tío Chuy su esposo, que era taxista, para pagar el pasaje de mis cinco primos y de ella, desde Torreón a Ciudad del Maíz, llevarnos regalos a todos y todavía cooperar con el gasto de comida durante la semana que nos visitaban, y ya de despedida darme 20 pesos para que yo me los gastara sola, entonces, en los años 70 eso era una fortuna.

Su presencia en mi casa siempre fue luz, felicidad, gozo; no solo porque venían de la tierra prometida, sino también porque la disciplina familiar se relajaba y se organizaba un día de campo, al río del Naranjo o a las Piedra anchas, un paraje ya desparecido en mi pueblo.

Mis primos todos mayores que yo y contemporáneos de mis hermanos siempre le tenían un miedo terrible cuando se enojaba; se reían de ella porque “les tiraba arañazos” para darles su bendición, su viudez de más de 30 años la erigió como una matriarca capaz de pelear por sus hijos y mantenerlos unidos.

Cuando crecimos, regresamos las vistas a Torreón para llevar a mi mamá, ya anciana a ver a mi tía; ya no con la alegría de la inocencia sino con la plática de política y cerveza con mis primos, paseos por Mapimí, Lerdo, Gómez Palacio. Entonces cada vez que se veían las hermanas era un espectáculo porque a partir de que se abrazaban y lloraban por volverse a ver, no paraban de platicar día y noche, en el baño, la cocina, la cama.

Todos nos íbamos a dormir y ellas seguían platicando, nos levantábamos y ellas seguían platicando. La personalidad de mi tía lo llenaba todo, su forma de ser encantaba a cualquiera, todos los que la conocían la adoptaban como su tía, lo sé, porque mi corazón y el suyo siempre estuvieron conectados por el amor a mi madre.

Asistió a la boda de todas mis hermanas como un deber casi de madre y cuando vino a la mía adoptó desde entonces a Ambrocio como un sobrino de verdad al grado que él se volvió el más entusiasta promotor para ir cada año a visitarla.

Hace días habló por teléfono con mi madre para despedirse, preguntó por mí pero yo no estaba, no pudimos hablar ya. Ahora me entero de su muerte con la cara y las manos mojadas, escribo. Tenía 96 años.

He tenido muchos veranos felices en mi vida, pero como aquellos donde tuve la suerte de tener dos madres, una permanente fiesta en casa, la alegría de sentir cerca la tierra prometida de mi madre con la presencia de mí tía, verlas felices por  rencontrarse son únicos, los atesoro en el corazón para que no escapen y seguir recordando a Tía Jovita como la mujer de carácter fuerte, de quien, todas las mujeres de la tribu hemos aprendido el coraje para decidir por sí mismas a pesar de la adversidad.

 A ella, la tribu chichimeca le debe la proeza de mantenerse unida a pesar de la distancia, el tiempo y la vida, de haber alimentado el vínculo que nos hace fuertes en la memoria, en la identidad, en la herencia del Norte. Su fuerza nos arropa, nos impulsa y nos inspira, su ausencia nos obliga a mantener la unión familiar por la que tanto trabajó, una mujer valiente, decidida, norteña. Feliz viaje TIA Jovita.

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