Cuando éramos felices
Clara García Sáenz
Los pueblos del semidesierto potosino conocen muy bien lo que es padecer la escasez del agua, yo nací en uno de ellos y sé por experiencia que el agua es un asunto que forma parte de los problemas de la vida cotidiana; los niños siempre éramos parte de las rutinas que se establecían para recolectarla.
En los lugares donde no estaba entubada, había que acarrear agua del pozo hasta donde estuvieran los contenedores para almacenarla; en las zonas donde había tubería, la acarreábamos con tinas.
No podíamos usar manguera, porque la presión era tan poca que una tina de 15 litros se llenaba en 10 o 15 minutos y como los niños siempre andábamos desquehacerados nos ponían esas tareas, que además no eran cotidianas porque solo había agua dos o tres veces por semana.
Cuando llegué a vivir a Ciudad Victoria hace 30 años fui muy feliz, por muchas razones, pero sobre todo porque en las llaves salía agua en abundancia, día y noche. Lo que hizo que rápidamente me olvidara que la escasez del agua es un problema muy serio.
Era una ciudad limpia con gente limpia, se tenía por costumbre el baño diario; de donde yo venía eso no se usaba, tal vez por el clima, pero también y sobre todo porque no teníamos suficiente agua.
Muy pronto me aficioné al baño diario, incluso en invierno disfrutaba bañarme, aunque hiciera frio y no tuviéramos boiler en la casa de renta donde vivíamos siendo estudiantes. Disfrutaba el chorro abundante de agua, era una verdadera delicia.
Ahora, vivimos un cataclismo, ningún victorense se salva de la experiencia de abrir la llave y ver que no sale agua; muchos se han privado del disfrute del baño diario; la jícara es un instrumento cotidiano en nuestras casas, la tina de agua, el lavamanos para lavar trastes.
Las pipas son parte del paisaje urbano, los tinacos empiezan a ocupar un lugar relevante de nuestras casas, los conflictos matrimoniales por la manera de resolver en casa el almacenamiento del agua son parte de la vida diaria al igual que la gente de la cuadra en las banquetas platicando mientras esperan que llegue la pipa del agua; la solidaridad de regalarle agua al vecino que no alcanzó que le surtiera la pipa, recibir al familiar que va bañarse a nuestra casa.
Los hábitos están cambiando, el paisaje urbano también, la falta de agua nos mantiene en un estado de irritación constante, la ciudad está sucia y trabajamos para que esa suciedad no entre en nuestras casas, nos damos baños de torero, pero al mismo tiempo, la conciencia de cuidar el agua, una cultura de la cual carecíamos está empezando a permear en nosotros, al tiempo que estrechamos lazos familiares y vecinales, lo que sin duda puede volverse una gran fuerza en contra de quienes por incapacidad no pueden resolver el problema de la escasez.
E-mail: claragsaenz@gmail.com

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