Clara García Sáenz
Muy cerca del Atlántico

Llegamos a Santiago de Compostela el mero día de Santiago apóstol, los festejos por parte de las autoridades municipales habían terminado, pero la ciudad seguía vigilada por un gran cordón de seguridad; aun así, los peregrinos que no cesaban en llegar pasaban con bastante rapidez las revisiones.
Entramos siguiendo el camino hasta la plaza del Obradoiro e hicimos una larga fila para entrar a la catedral donde se encuentra la tumba del apóstol Santiago, no sin antes pasar por atrás del altar donde está su busto, por la forma en que se accede, la figura queda de espaldas a la fila de peregrinos, que llegan a él de uno en uno haciendo un rito peculiarmente español, se le abraza con afecto en forma de saludo y en seguida se baja a la tumba, que es una pequeña cueva de puerta muy estrecha.
Adentro hay una fuerza muy viva que derrumba la indiferencia de cualquiera que llega hasta ahí porque se siente reconfortado, con ganas de quedarse en una tranquilidad indescriptible. Algunos se arrodillan y rezan, otros permanecen en silencio, otros lloran, algunos más simplemente no saben qué hacer, pero se sienten bien, aliviados de las cargas de la vida. Al salir todos sonríen, como curados de los males del mundo.
Afuera llovía suave, hasta entonces sentimos hambre, recorrimos las calles aledañas a la gran catedral y nos refugiamos en una pequeña taberna donde nos sirvieron comida gallega, llenadora, barata y sabrosa; la tarde la dedicamos a visitar los edificios del casco antiguo, la alegría de los peregrinos se sentía en todas partes, la lluvia no importaba, muchos bebían cerveza en las terrazas de los bares, se respiraba un ambiente de tranquilidad. En la plaza se preparaba un gran escenario para festejar el día de Santiago con música, pero el cansancio nos venció de tanto andar y nos fuimos a dormir temprano.
Los siguientes días bajamos a Portugal, pasamos por varios pueblos de pescadores antes de llegar a Oporto donde experimentamos el trasporte urbano local. Investigamos dónde y cómo funcionaban las rutas urbanas de pasajeros y preguntando en español con respuestas en portugués nos subimos a un autobús que nos llevó del hotel al centro de la ciudad.
Nunca antes habíamos estado en Oporto y no teníamos idea de cómo era la ciudad, pero nos guiamos con la parada más céntrica, “Aliados” es el nombre, de ahí a cualquier lugar por donde se camine, la ciudad hechiza con sus bellas fachadas de azulejos: casas, iglesias, edificios, interiores, exteriores.
Ya estando en la ciudad nos enteramos que no estábamos hospedados en Oporto sino en Vila Nova de Gaia que está al otro lado del río Duero y que se cruza de una ciudad a otra por diversos puentes, el más famoso es el diseñado por el arquitecto Eiffel cuya avenida lleva su nombre, pero el puente se llama Luiz I. Es una zona conurbada.
Con una mirada espectacular sobre el río Duero, la ciudad se puede caminar por cualquier parte y se encontrará belleza, los paisajes del atardecer frente al río son verdaderas postales, sus bodegas de vino y su comida, sabrosa, abundante y con precios que van desde cinco euros en adelante con entrada, plato fuerte y postre, sobre todo los famosos pastelitos de Belén, que son una especie de pay de queso exquisito.
La ciudad derrocha belleza y los carros se detienen cuando uno va a cruzar la calle, la gente amable, dispuesta a ayudar cuando se le pregunta algo. Oporto es un lugar de mar donde se respira sin humedad ni salitre, un lugar para disfrutar viendo solo el paisaje.
De ahí nos fuimos a Fátima para escuchar misa dominical en portugués, visitamos la tumba de los pastorcitos y después de comer un bocadillo de jamón con queso de cabra enfilamos a Lisboa donde anduvimos nuevamente sus calles, el extraordinario rio Tajo que alcanza cuatro kilómetros de ancho en su desembocadura al Atlántico, volvimos a Estoril, Cascais y Sintra donde visitamos uno de los palacios del rey, muy pobre en su decoración y bastante deteriorado.
Antes de regresamos a Madrid visitando cuatro ciudades emblemáticas del sur de España con sus monumentos, en Mérida su teatro romano, en Córdoba la catedral de los 800 arcos, en Sevilla la catedral donde por cierto vi, entre otros muchos tesoros, el lagarto y nos refrescamos tomándonos unas bebidas en el monumental Alcázar; finalmente en Granada disfrutamos la Alhambra y la catedral.
Llegando a Madrid nos hospedamos en un hotel ubicado en el Paseo de la Castellana; por la tarde salimos a buscar que comer, en las calles aledañas entramos a un café del barrio donde nos sirvieron de cortesía unas tapas de sardina, exquisitas y ya con poca hambre, después de comerlas nos despedimos del viejo continente con una sartén de papas, morrones y huevo.
E-mail: claragsaenz@gmail.com

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