Por: Clara García Sáenz
Sísifo y los promotores culturales
La formación de públicos es tal vez la acción más difícil que todo promotor cultural enfrenta en su carrera; aunque los diagnósticos, los planes, las estrategias, la gestión y la ejecución para el fomento de la cultura, así como su evaluación son campos complejos que todo profesional dedicado a este noble oficio debe saber enfrentar y resolver en forma eficiente; llenar salas, teatros y espacios culturales con público es su mayor reto.
Para un promotor cultural, un evento es exitoso cuando el público asiste; cuando las salas quedan vacías es un verdadero fracaso. Por eso, es frecuente buscar fórmulas eficaces que atraigan asistentes, la mayor apuesta se hace en los medios de comunicación que parecen ser la garantía para tener una gran audiencia.
Sin embargo, es necesario implementar una estrategia de formación de públicos, porque si las personas no tienen como hábito asistir los teatros, a las salas de conferencias o conciertos artísticos, de nada sirve invertir gran cantidad de dinero en la difusión a través de los medios tradicionales como la prensa, la radio o la televisión.
Una estrategia de formación de públicos en muchas partes del mundo es invitar a grupos escolares a los eventos culturales, que en México le llamamos vulgarmente “acarreados”; ésta, abre la posibilidad de que los escolares escuchen, vean y disfruten una actividad que de manera rutinaria no lo harían y que la escuela o los organizadores de evento les facilitan para que descubran esa parte de la apreciación artística que a muchos les puede causar placer, detonando su gusto por las artes.
Esta forma de incentivar a los estudiantes para que despierten su interés por la cultura es una operación que requiere muchos cuidados; no es solo un “simple acarreo” sino una acción planificada entre la escuela, los organizadores y la elección de los temas que les presentarán a los asistentes.
Pero es frecuente o incluso natural, que los promotores culturales se enfrenten a una serie de imprevistos que se deben resolver para garantizar que todo evento cultural fluya como ha sido planificado. Muchos de estos imprevistos en ocasiones están relacionados con el público asistente que desconoce las formas de comportarse y se vuelven en algunos casos verdaderos dolores de cabeza para los organizadores.
Recuerdo a la maestra Altair Tejeda de Tamez cuando le tocó recibir a Elena Poniatowska en el auditorio de la Casa del Arte de donde era directora; al término de la conferencia de Elenita, se abrió un espacio para preguntas, entonces una señora se levantó para felicitar a la conferenciante y decirle que el tema le parecía muy interesante, otra persona dijo que “solo quería decir que le gustó mucho lo que dijo”, alguien más se paró y empezó a hablar por más de 10 minutos de lo importante que era la obra de Poniatowska, fue entonces cuando la maestra Altair que estaba a un lado de Elenita tomó el micrófono y con la autoridad que le daba su investidura, interrumpió al hablante en turno y dio por terminado el evento.
Vinieron algunos murmullos, pero mayor fue el aplauso; al final, no supe si la ovación fue porque callaron al inoportuno participante o porque se daba por terminado el evento. Días después del incidente tuve la oportunidad de platicar con la maestra Altair, aún se encontraba molesta por lo sucedido y le pregunté que si su proceder le había parecido correcto.
Recuerdo que me respondió “Mira hija, aquí en Victoria nos hace falta educarnos como público, aun somos muy pueblerinos en ese aspecto, viene alguien de la Ciudad de México y en lugar de abrevar en sus conocimientos ocupamos la mayor parte del tiempo en elogios, que son innecesarios” y agregó “fíjate como vienen muchos estudiantes con sus profesores, los aburrimos y les quitamos la oportunidad de que hablen” y terminó la idea en forma lapidaria “los viejos deberíamos quedarnos callados, por respeto a los jóvenes que quieren aprender y tienen muchas inquietudes”.
Esto sucedió hace más de 20 años y desde entonces cada vez que asisto a un evento donde se abre el micrófono para el público, no puedo dejar de recordar a la maestra Altair, cuando alguien toma la palabra “para comentar” no para preguntar; lo que mis alumnos llaman “las miniconferencias”.
Y ciertamente, cuando suceden estos excesos, que difícilmente el organizador o moderador puede controlar porque no todos tienen la autoridad o investidura de la maestra Altair; deberían pensar quienes con frecuencia lo hacen, que con su actitud están vacunando a los estudiantes que asisten motivados por sus profesores para que nunca regresen por motu proprio a los recintos culturales a escuchar una conferencia; condenando al igual que Sísifo a los promotores culturales, cuando trabajan en la formación de públicos.
Email:claragsaenz@gmail.com

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