Por: Clara García Sáenz
El hechizo huasteco
Conocí la huasteca potosina cuando estudiaba el bachillerato, en los años 80 del siglo pasado, la recorrí varias ocasiones visitando casi todos sus pueblos, desde entonces quedé fascinada por su paisaje, había algo en ella que desde entonces me hechizó; una especie de misterio, que no alcanzaba a comprender.
Ya en mi vida adulta regresé muchas veces a disfrutar su paisaje y su comida, pero después de la ola de violencia y de inseguridad en las carreteras, no volví hasta hace algunos días. Aprovechando el puente de primavera, nos fuimos a Xilitla como comúnmente lo hacíamos años atrás, sin reservación de hotel ni plan fijo.
Ya desde la entrada a Ciudad Valles notamos que aquello no era el paisaje que conocíamos, la ciudad desbordada en sus límites por nuevos conjuntos habitacionales, empezaba varios kilómetros antes de lo habitual y llegando a la rotonda, el tráfico estaba imposible; seguimos derecho para cruzar la ciudad rumbo a Tamazunchale, donde una obra de ingeniería moderna con cuatro carriles dispersa el tráfico a Tampico, Rioverde o México.
Pero el gusto duró pocos kilómetros porque de pronto estábamos ya en la antigua y estrecha carretera que cruza la huasteca potosina, cuyo destino final es la Ciudad de México. Llena de tráfico y topes, casi avanzamos a vuelta de rueda, no parecía una carretera nacional, la otrora ruta que muchos tamaulipecos solían tomar para llegar a la capital del país hasta entrada la década de los años 60, cuando se inauguró la 101, Tula-Ciudad Victoria.
Ahora parecía un camino más local, donde las motocicletas, los camiones con mercancías, el servicio de trasporte rural y la gran cantidad de puestos en la orilla de la carretera son parte de su paisaje cotidiano.
La hora y media que tarda el recorrido entre Ciudad Valles y Xilitla se me hizo una eternidad, finalmente ya en la desviación de la carretera nacional hacia Xilitla, avanzamos más rápido pero nuestra sorpresa fue grande al llegar a la entrada de las pozas y el jardín de Edward James, aquello parecía una romería, había tal cantidad de turistas, autos y camiones de pasajeros, que con dificultad pudimos avanzar hasta el centro del pueblo.
Sorprendidos por la cantidad de turistas, recorrimos las calles hasta encontrar un hotelito a varias cuadras del centro, mi sospecha de no encontrar cuarto disponible se hizo realidad cuando un joven solitario en la recepción nos dijo de mala gana que no tenía ya disponibilidad; aún incrédula le pregunté si estarían llenos todos los hoteles del pueblo, malhumorado respondió “pues no sé señora, yo no tengo por qué saber eso”.
Nos estacionamos una cuadra más adelante frente a otro hotel, resueltos a que si no encontrábamos lugar daríamos una vuelta en el pueblo y seguiríamos nuestro camino a Matlapa.
Ahí nos recibió doña Martha, una atenta señora que nos dijo que no tenía habitaciones disponibles pero que si queríamos podía investigar si aún quedaba alguna en el pueblo porque estaba todo lleno por ser fin de semana largo; “los hoteleros de Xilitla tenemos un grupo de whattsapp, donde nos mantenemos en comunicación”; sorprendidos por su amabilidad accedimos, mientras recibía respuesta de su mensaje nos platicó que en los últimos años el turismo había crecido mucho y que llegaban grupos grandes cada fin de semana a visitar Xilitla, porque era pueblo mágico.
En ese momento recibió un mensaje y muy contenta nos mandó a dos cuadras, cerca del centro, al parecer ahí quedaba una habitación que alguien a última hora había cancelado. “Ya ven, logré que se quedaran en Xilitla, en otra ocasión háblenme antes y les reservo con mucho gustó aquí” nos dio su tarjeta y nos deseó feliz estancia.
Subimos dos calles y llegamos a la Morada de Xilitla, una casa habitación de varias plantas acondicionada como hotel, ahí nos recibió su dueña que muy atenta nos pasó a un cuarto con cinco camas; unos chicos de Querétaro le había reservado pero no llegaron porque tuvieron un percance en el camino. “Denme 500 pesos por ella, el asunto es que ustedes se queden y yo no pierda”, aceptamos de inmediato, nos instalamos y nos fuimos a vagar.
Recorrimos el pueblo para reconocerlo, había tanta gente en todas partes que nos refugiamos en el ex convento agustino construido en el siglo XVI, que ahora es la iglesia parroquial; ahí, el silencio de los siglos, sus gruesas y frías paredes, sus bóvedas históricas nos resguardaron por largo rato.
En silencio tanto Ambrocio como yo, sentimos nostalgia por ese pueblo tranquilo que conocimos muchas décadas atrás; él siendo niño, yo siendo adolecente. Recorrimos el patio interior con su ancha y tosca arquería, le repetí mi aburrido discurso contra el programa de Pueblos Mágicos, el daño que le ocasiona a las comunidades el turismo e hice un parangón entre la invasión española a los pueblos indígenas, después la mestiza y ahora las hordas de turistas.
Había un mercado callejero de artesanía en la plaza y calles aledañas, todo lo que ahí se vendía eran productos traídos de otras partes, lo más “original” eran los jóvenes que con aspecto hippie hace pulseritas y atrapa sueños.
Compré una nieve artesanal y mientras la señora me la servía en un cono hecho de hoja de plátano, nos contó que ella era del Estado de México y que tenía cinco años viviendo ahí. Ambrocio le dijo que por qué no se vestía de huasteca con su quexquémetl (especie de huipil multicolor) y un petob (es el tocado de estambres de colores que utilizan las mujeres huastecas en la cabeza) para que vendiera más y ella con cierto desprecio contestó, “hay no, se imagina con el calor y yo con esa cosa, el piojero”.
A media cuadra de la plaza está el museo Leonora Carrington, no entramos, la verdad, ese discurso del surrealismo hasta ofenden en un pueblo donde su esencia indígena huasteca está subyugada en los intereses de los invasores que desde la época precolombina se apoderaron de la zona, ya que hasta ahí llegaba el imperio mexica y los huastecos estaba sometidos al tributo de México Tenochtitlan.
Al caer la tarde nos fuimos a comer enchiladas huastecas con cecina y camino al hotel no pudimos resistir la tentación de un tamal de puerco. Al día siguiente, muy de mañana regresamos a la plaza a buscar zacahuil y atole negro para desayunar antes de misa; es una antigua tradición huasteca, los domingos son día de tianguis, es el día en que la gente sale de sus comunidades rurales para ir a vender o comprar productos de la región, los indígenas se apropian de las calles. Pero con sorpresa escuché que alguien se quejaba porque los artesanos no podrían instalarse, lamentado que ese día se dedicara al mercado de comida.
Una señora se me acercó y me ofreció atole negro (hecho con maíz de teja o girasol), le dije que no porque ella no tenía cambio, me lo sirvió, me lo dio y me dijo, “aquí te encuentro de rato en la plaza, no te apures”. En un puesto improvisado a media calle nos sirvieron el zacahuil y cuando íbamos rumbo a la iglesia, la señora del atole salió a nuestro encuentro y dijo “y si no los hubiera encontrado no importa, a mí me gusta que la gente coma aunque no traiga dinero”.
Después de escuchar misa decidimos ir a San Martín Chalchicuautla, el último de los pueblos de la huasteca potosina. Al entregar el cuarto, la señora de la Morada de Xilitla nos contó que su suegra tenía una quinta que rentaba para grupos grandes, le dijimos que en ocasiones salíamos con alumnos de viaje y que sonaba interesante. Casi al llegar al carro que habíamos dejado en un estacionamiento a media cuadra nos alcanzó una señora de edad avanzada, muy bien parecida y nos dijo que ella era la dueña de la quinta, nos dio unas promociones, su tarjeta y nos despidió muy cálidamente.
En el camino comentamos la calidez de estas mujeres hoteleras, que han hecho de sus casas lugares de hospedaje y que en forma solidaria tienen su red de apoyo turístico. De regreso a la carretera nacional contamos los autobuses estacionados en el paradero de la entrada a las pozas; eran 30, calculamos que si cada uno llevaba 45 pasajeros estábamos hablando de 1350 personas sin contar la gran cantidad de autos particulares. “¿Quieres que entremos a visitar el Jardín? Me preguntó Ambrocio, “No, no, muchas veces lo disfruté vacío, cuando esto aún no era un pueblo mágico, huyamos” le dije.
Entre risas y pláticas llegamos a San Martín, enterados, un día antes de la contingencia y la suspensión de clases, nos había tomado por sorpresa a mitad de puente.
La plaza del pueblo estaba llena por vendedores, el tianguis estaba en su mejor momento, gallinas, nopales, café, cacahuates, verdura, pan, chicharrones, yuca, camote cocido, todo de todo, emocionada le dije a Ambrocio, “ahora sí, estamos en la huasteca profunda, esa que conocí hace muchos años”.
Buscamos donde comer y unas señoras nos invitaron a sentarnos en una mesa improvisada, yo pedí una enchiladas huastecas, Ambrocio puerco en salsa verde, riéndose me dijo “¿otra vez vas a comer enchiladas?”, “a eso vine a la huasteca” contesté y empezó el maratón, me sirvieron seis, aún no terminaba y me acercaron un plato con cuatro, “por si quiere más” me dijo la señora, cuando tomé la primera del segundo plato me acercó un tercero, “aquí hay más”, me derroté y le dije “si gracias con éstas está bien”.
No llegué al tercer plato y al pagar fueron 100 pesos por los dos. Hicimos una caminata a la iglesia para bajar la comilona y después, las compras en el tianguis pan, nopales, cacahuates.
Decidimos entonces regresar a Ciudad Valles a pernoctar, pero antes paramos en Axtla de Terrazas, ahí el tianguis agonizaba, pero nos alcanzó el tiempo para comprar huitlacoche y café molido, visitar la iglesia dedicada a Santa Catarina y pasar por fuera del Castillo de la Salud, otrora emporio de Beto Ramón, el curandero más famoso de la huasteca.
En el camino fantaseamos con un tren huasteco que saliera de Tampico, pasara por Valles, llegara a Tamazunchale y terminara en Huejutla, así, en esa dimensión, viendo las malas condiciones de la carretera, el atraso en que siguen viviendo muchas comunidades, se puede comprender la dimensión del tren maya.
Ya en Ciudad Valles buscamos un hotel, sin batallar encontramos disponibilidad en el primero, el chico de la recepción nos dijo que los turistas había estado uno noche antes, «luego se regresan a sus casas, no ve que vienen de muchas partes lejos”.
Ya de mañana nos fuimos al mercado, comimos un sabroso menudo e hicimos las compras de rigor, pan, queso y café. Ya con la inminente contingencia, decidimos regresar a Ciudad Victoria pero antes pasamos por Felipe Ángeles, en Llera para comprar una calabaza que prepararíamos con el piloncillo comprado en Xilitla.
E-mail: claragsaenz@gmail.com

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