Clara García Sáenz

Tres noticias llamaron poderosamente mi atención esta semana, que hablaban de la necesidad de que el Estado debía rescatar los espacios culturales privados y otra sobre el apoyo que el Estado debería dar a la industria editorial, la tercera noticia fue el cierre del planetario Alfa en Monterrey.

Con todos los años que tengo de ser promotora cultural he visto, he sabido y he vivido muchas cosas dentro de los espacios donde se desarrolla la política cultural y algo me ha quedado claro, en este país, la promoción y difusión de la cultura siempre se ha hecho con dinero del Estado, hasta las grandes acciones culturales privadas tuvieron financiamiento; los artistas “independientes” siempre fueron contratados por el Estado, las becas, fideicomisos, apoyos culturales, salían del Estado y siempre había dinero que succionarle al Estado para cuanta ocurrencia fuera justificable por su “impacto social”.

Ahora, hay que decirlo, no todos podían acceder a esos presupuestos tan preciados, se necesitaba pertenecer a una mafia cultural, un grupúsculo intelectual, tener un político mecenas o ser de las clases privilegiadas para tener una beca de formación artística en el extranjero o estar en el ánimo de alguien influyente para obtener ciertos presupuestos y contratos.

Pero para todos había, muchas veces yo estuve presente en encuentros de todo tipo convocados por el ya fenecido CONACULTA, donde el pretexto no era relevante al menos para la posteridad y la trasformación a largo plazo del fomento a la cultura en este país; lo que en el fondo había era el apapacho para los participantes, ya fueran escritores, artistas de otras disciplinas, promotores o funcionarios culturales, a quienes se les pagaba hospedaje y alimentación durante varios días con opíparas comidas y ríos de bebida siempre con cargo al erario.

Desconozco las razones, más allá de la escueta explicación de los propietarios, por la cual se cerrará el planetario Alfa, pero algo me hace sospechar que entre el cierre de la llave presupuestal por parte del Estado para proyectos privados y la imposible deducción de impuestos, el negocio dejó de ser rentable.

Al igual que la crisis de una industria editorial que el Estado mantenía, comprando miles de volúmenes para tenerla sana, los teatros agonizan por la crisis de la pandemia y piden rescate como se está haciendo en países europeos.

Pero la realidad es que a todos los que claman ayuda, se les olvida que este país es de tercer mundo, es pobre, a pesar de que en las cúpulas se vivía como si fuera de primer mundo. Se olvidan que la mayoría pensaba más en vivir del presupuesto que en crear y promover la cultura, la que utilizaban de pretexto para mantenerse muchos vicios. Que el Estado en su condición real debe promover la cultura de una forma democrática, es decir sin lisonjas para creadores y empresarios, pensada en formar a la población, sobre todo a aquella que por su condición de clase nunca ha pisado un  teatro.

Ciertamente para muchos, así es la promoción cultural, la que han aprendido y de la que han vivido; pero tal vez ahora sea necesario leer la realidad de otra manera y entender que este país está cambiando.

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