Por: Ambrocio López Gutiérrez
HAY QUE BAJAR DE LAS NUBES

En su obra “Tener y ser”, Fromm dice que somos infelices, que nos hemos vuelto solitarios, angustiados, deprimidos, destructivos y dependientes; “nos alegramos cuando podemos matar el tiempo que hemos ahorrado con tanto trabajo”. Valdría la pena buscar en el pasado la razón de nuestro cansancio, de nuestra apatía. Tomemos por ejemplo los postulados de la época industrial: “Producción ilimitada, libertad absoluta y felicidad sin restricciones”, creíamos –dice el psicoanalista-, que la técnica nos volvería omnipotentes, que la ciencia nos volvería omniscientes. La gran promesa de la época industrial fracasó, ignorábamos los peligros ecológicos del progreso técnico, la marginación y la ruptura social que supondría el progreso económico (limitado a unos cuantos), y la satisfacción ilimitada tan distinta al bienestar, al que se perdió de vista.

El egoísmo admirado en esta época (industrial) y cuya meta era el “tener”, resultó un fracaso para la felicidad pues, llevaba necesariamente a la insatisfacción; dice el autor “no puedo quedar satisfecho (nunca) porque mis deseos no tienen límite; debo envidiar a los que tienen más y temer a los que tienen menos; pero debo reprimir mis sentimientos para presentarme ante los demás como el individuo sonriente, sincero, amable que todos simulan ser”. Las palabras de Fromm no sólo parecen estar vigentes, sino que resulta inevitable remitirnos a las redes sociales, a los estados, historias, y tuits (todas formas de publicaciones) donde la imagen se ha vuelto el centro (real o no). Posteriormente realiza un análisis de la lengua para explicar los conceptos “tener” y “ser”, distinguiendo entre los modos de existencia.

Vivimos en una cultura donde, para vivir debemos tener cosas, dice Fromm y la meta es “tener siempre más”. Tener y ser son modos de existencia opuestos: Mientras que, en el modo de existencia de tener, “mi relación con el mundo es de posesión y propiedad, deseo convertir en mi propiedad todo el mundo y todas las cosas.” En el de ser, refiere “una relación viva y auténtica con el mundo”. Lo que diferencia los modos de tener y ser es, el interés por los objetos versus el interés en las personas. Así, el autor asocia el ser a Oriente, donde se privilegia tradicionalmente la vida y la naturaleza, opuesto a Occidente, donde la idea de progreso empujó al deseo de producir y producir. Este texto se ha complementado con reportes elaborados por tres jóvenes historiadores egresados de la UAT: Ana Juárez Hernández, Grecia Díaz Chagoya e Iván Andrade Balderas.

La licenciada Ana Juárez anota: Resulta particularmente relevante la observación que el autor rescata de Du Marais, sobre la creciente sustitución de verbos por sustantivos en el lenguaje cotidiano, refiriéndonos a las acciones con los segundos. Acto que denota un inadecuado uso del idioma ya que “ni los procesos ni las actividades pueden poseerse, sólo realizarse”; lo anterior señala Fromm, indica el alto grado de enajenación prevaleciente, donde el yo de la experiencia se ve reemplazado por la posesión. En la sociedad actual, transformamos los sentimientos en posesiones, con ello; los despersonalizamos, dejamos de reconocerlos y al no reconocerlos dejamos de expresarlos, convirtiéndonos no sólo en analfabetas emocionales, sino también en seres alienados.

Pero la obra no es sólo una dura crítica a la humanidad, resulta un brillante llamado de atención, cargado de esperanza. Fromm afirma: “Vivir correctamente ya no es sólo una demanda ética o religiosa. Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano”. Una de mis palabras favoritas es “nefelibata”, proviene del griego y significa “que anda en las nubes”. Creía que era un término para soñadores, “caminantes de nubes”; sin embargo, me sorprendí mucho cuando descubrí que se utilizaba para referirse a aquellas personas que viven en un mundo aparte, a los que escapan de la realidad o incluso a los bobos. Pues bien, creo que es momento de bajar de la comodidad de las nubes, dejar de ser nefelibatas y tomar la acción porque el mundo en el que vivimos demanda nuestra atención.

¿Qué es el modo de ser? Se pregunta la licenciada Grecia Díaz con Erich Fromm y responde: La adquisición y la posesión de objetos –costosos o no–, están fuertemente ligados a la cultura occidental. Tal vez eso se daba a que nuestra sociedad asocia el éxito y los triunfos a los títulos, las casas grandes y los coches lujosos. Por ello, hablar del tener es una tarea menos complicada; hablamos de objetos, somos capaces de describirlos, contarlos, enumerarlos. La complejidad radica en el ser: ¿qué es lo que soy? A lo largo de la historia, el ser humano se ha preguntado esto en muchas y repetidas ocasiones, por ello, filósofos, escritores y artistas, han ahondado en ello. Cada uno tiene su manera única de explicarlo, porque responden a contextos, temporalidades y experiencias, pero debo señalar que en algunos casos hay muchas similitudes.

El ser, según Erich Fromm, se refiere a la experiencia, la cual es indescriptible. Aunque tratemos de describir y explicar de la manera más detallada cada una de nuestras experiencias, o sea, lo que constituye al ser, nunca será totalmente posible. Primero, porque como dijo alguna vez Platón y siglos después Hannah Arendt, eso habita en el mundo de las ideas, y al transformarse al lenguaje escrito u oral, tenemos que hacer uso de otros elementos –como metáforas o aforismos–, para ser entendibles con el otro. Sin embargo, la manera en cómo hemos creado relaciones con otros individuos y hemos formado lazos o amistades, nos permite ser un poco más descifrables porque tenemos experiencias similares.

Eso hace que el diálogo, las ideas, las reflexiones y el pensamiento crítico sean más fluidos. Por ello, el ser humano por naturaleza o instinto, crea relaciones, necesita del otro; es en ese ejercicio en donde no solo conocemos otros mundos, sino que somos capaces de darle forma y respuestas al nuestro. Tal vez una de las problemáticas de este tema, sea que los autores y pensadores suelen homogenizar el concepto del ser, probablemente porque de esa forma resulta más sencillo para el autor, pero debemos recordar que, para hablar del ser, hay que pensar en la individualidad de cada uno de nosotros. Todos tenemos rasgos y particularidades que nos identifican como personas. Así, justo como las huellas digitales, no hay en el mundo alguien igual a nosotros.

Nuestras filias, fobias, el contexto al que pertenecemos y las personas que también habitan en este espacio, van tejiendo a la par nuestro ser. Para Erich Fromm el ser es una dualidad compuesta por el ser pasivo y el ser activo. Para él, la persona pasiva es aquella que permanece en un estado de alienamiento, así como lo pensaba Kant en el siglo XVIII. El individuo pasivo es aquel que realiza actividades, pero no lo hace con voluntad, conciencia y pensamiento crítico. Por su parte, la persona activa es aquella que posee y hace uso de las facultades que ya mencioné con anterioridad. Para Fromm, la actividad no está ligada a los trabajos manuales o la fuerza bruta, sino a la labor intelectual y la manifestación de sentimientos. En la actualidad no reparamos en pensar en aquellas cosas intangibles, las que no son palpables o las que simplemente no podemos introducir en una caja, primeramente, porque es lo más complicado de definir y de explicar.

También, porque requiere un esfuerzo distinto: se necesita de la reflexión, del diálogo interno de uno con uno mismo y la transformación de este pensamiento, no importa si es en una hoja de papel o en una conversación con alguien cercano. Sin embargo, son esas cosas las que realmente nos definen y en las que más debiésemos detenernos a apreciar. Primero, porque debemos valorar nuestra individualidad y todo lo que nos permite ser únicos; en ese ejercicio seremos capaces de entender y respetar que cada una de las personas que habita en el planeta, tiene cualidades distintas que no solo responden a sus gustos, afinidades o pasiones; compartimos un espacio geográfico repleto de culturas distintas. Por ello, no importa si poseemos o no el mismo celular, si nuestra ropa es de la misma marca, los objetos no son capaces de definir lo que somos.

En este sentido, para mí, el ser activo, es aquel capaz de mantener una relación genuina con otra persona. Es aquella que se desarrolla por la convivencia desinteresada con otras personas, donde no importa el precio o el lugar donde se puede tomar una taza de café, sino, que el valor radica por las experiencias compartidas, el entendimiento mutuo, y las memorias que se forjarán en este momento, porque al final, es de esta manera en la que uno puede darse cuenta que no está solo. Es imposible no hacer la conexión con dos de mis filósofas favoritas: Luisa Álvarez y Hannah Arendt. Ellas dirán que no importa el espacio, las adversidades del momento o las espantosas situaciones económicas, uno puede gozar de la libertad al entablar este tipo de relaciones, de comunidades. Es ahí donde se encuentra realmente la libertad: en esos espacios, momentos y en las tazas de café que compartimos con el otro.

Acerca de las características de la sociedad nueva, el licenciado Iván Andrade señala: El autor Erich Fromm durante toda su vida practicó un procedimiento de desempeño basado en el análisis de la propia conciencia, un método que se refleja en las páginas de este texto, en el que nos propone un “arte de vivir” cuyos pilares son el amor, la razón y la actividad productiva. Fromm nos muestra que no es posible obtener la sabiduría de la vida sin ningún tipo de esfuerzo o de sufrimiento, un engaño alimentado por la ideología consumista, y nos propone que nos esforcemos en recuperar nuestra fortaleza física, psíquica y espiritual, así como nuestras posibilidades de independencia, para que podamos abandonar la obsesión por el tener, característica de las condiciones económicas, políticas y sociales de la sociedad moderna, y centrar nuestra atención en el ser. Erich Fromm está considerado uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, por su capacidad para conjugar la profundidad y la simplicidad en un estilo accesible.

El primer requisito para la posible creación de la sociedad nueva es advertir las dificultades casi insuperables a que debe enfrentarse este intento. La vaga conciencia de esta dificultad probablemente es una de las principales razones de que se hagan muy pocos esfuerzos por realizar los cambios necesarios. Muchos piensan: «¿Para que esforzarnos por lo imposible? Actuemos antes bien como si el curso que seguimos nos llevara al lugar seguro y feliz que indican nuestros mapas.» Los que inconscientemente desesperan pero que aún se ponen la máscara del optimismo no necesariamente son sabios; pero los que no han renunciado a la esperanza sólo pueden triunfar si son realistas, si dejan todos los engaños y evalúan plenamente las dificultades. Esta serenidad establece la diferencia entre las «utopías» de la vigilia y las de los sueños.

Hoy día, casi tres siglos después, requerimos una nueva ciencia enteramente distinta. Necesitamos una ciencia humanista del hombre, que sea la base de una ciencia y un arte aplicados a la reconstrucción social. Las utopías técnicas, se lograron con la nueva ciencia de la naturaleza. Puede realizarse la utopía humana de la época mesiánica: una nueva humanidad unida que viva en forma solidaria y en paz, libre de la determinación económica, de las guerras y de la lucha de clases, siempre que las mismas energías, inteligencia y entusiasmo que empleamos para lograr nuestras utopías técnicas las apliquemos en la realización de la utopía humana. “No se pueden construir submarinos leyendo las obras de Julio Verne, no puede crearse una sociedad humanista leyendo a los Profetas”.

Nadie puede decir si se realizará este cambio de la supremacía de la ciencia natural a una nueva ciencia social. Si es así, aún tendremos oportunidad de sobrevivir, pero esto dependerá de un factor: de cuántos hombres y mujeres brillantes, estudiosos, disciplinados e interesados se sientan atraídos por el nuevo desafío a la mente humana, y por el hecho de que en esta época la meta no es dominar la naturaleza, sino la técnica, las fuerzas sociales irracionales y a las instituciones que amenazan la supervivencia de la sociedad occidental, sino de toda la especie humana. El lograr establecer una sociedad donde predomine el modo de ser, depende de muchas otras medidas. Fromm no pretende ser original al ofrecer las siguientes sugerencias, al contrario, alienta el hecho de que casi todas estas sugerencias ya han sido hechas (en una o en otra forma) por otros escritores humanistas.

Deben prohibirse todos los métodos de lavado de cerebro en la publicidad industrial y política. Debe eliminarse el abismo entre las naciones ricas y las pobres. La mayoría de los males de la sociedad comunista y capitalista de hoy desaparecen con la introducción de un ingreso anual garantizado. Las mujeres deben ser liberadas del dominio patriarcal Debe establecerse un supremo consejo cultural, encargado de la tarea de aconsejar al gobierno, a los políticos y a los ciudadanos en todas las materias en que sea necesario el conocimiento. Debe establecerse un sistema de difusión y de información eficaces. La investigación científica debe desvincularse de la industria y de los militares.

Uno de los elementos enfermos de nuestra economía es que necesita una gran industria de armamentos. Los Estados Unidos, la nación más rica, debe reducir sus gastos para la salud, el bienestar y la educación para poder soportar el peso de su presupuesto de la defensa nacional. El costo de la experimentación social no puede soportarlo un Estado que se empobrece con la producción de instrumentos que sólo son útiles como medios de suicidio. Además, el espíritu individualista y la actividad no pueden existir en un medio en que la burocracia militar, que obtiene más poder todos los días, continúa fomentando el temor y la sumisión.

Correo: amlogtz@gmail.com

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