Vámonos a Tantoyuquita

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Rutinas y quimeras

Por: Clara García Sáenz

Algunos lugares en Tamaulipas me dan la sensación de haber llegado al fin del mundo, como San Nicolás, Bustamante o Barra del Tordo, pero no lo digo como una forma peyorativa de despreciar estos destinos, sino más bien como una especie de gozo que siento por creer que he recorrido ya el mundo entero y que ahí, en esos lugares fascinantes es donde uno se ve obligado a regresar por donde vino, porque ya no hay más camino que el volver sobre nuestras pisadas.

Esa sensación la tuve el día en que conocí Tantoyuquita, el histórico pueblo donde hirieron de muerte a Pedro J. Méndez y hubo una aduana fluvial en el siglo XIX, cuya mercancía se descargaba en un muelle del que ahora solo queda un montón de piedras en el río Guayalejo.

Habiendo aceptado por insistencia de Arcenio visitar el Castillo en Nueva Apolonia, nos dijo que de una vez aprovecháramos para ir a conocer Tantoyuquita, ante mi duda, preguntó “¿qué tanto son ocho kilómetros más? Ya está bien cerca”, así que en medio de un intenso calor pasamos por los Aztecas, poblado que es famoso por su tradicional fiesta de la Purísima Concepción donde se elaboran pequeñas iglesias de cera, que los fieles se las colocan en la cabeza para realizar su entrada en el templo y darlas como ofrenda.

Ahí, en Tantoyuquita, se acaba el camino; si se sigue de frente, se puede topar con el río y caer al vacío, porque entre la orilla y la margen del río hay un abismo de aproximadamente 15 metros. Abajo se aprecia la corriente del Guayalejo y un gran montón de piedras donde estuvo algún día el muelle. No hay camino para llegar hasta ahí; solo un barranco por donde se puede bajar corriendo, con el riesgo de caer.

De la aduana solo quedan las paredes de lo que debió ser un gran edificio donde se guardaba la mercancía que llegaba y salía del lugar, paredes inmensas que cuentan la historia de una época de bonanza comercial en la zona, frente a estas ruinas esta una estatua del prócer tamaulipeco Pedro J. Méndez quien al combatir a los franceses que se encontraban apostados en el lugar recibió varios tiros que fueron mortales, ahí en medio de grandes árboles, una amplia plazoleta y la escuela primaria al fondo, hay un ambiente de tranquilidad, como si nada pasara ahí, al tiempo que los monumentos nos cuentan silenciosamente la historia decimonónica de Tamaulipas.

De la plaza al río nos separan 200 metros aproximadamente, caminamos escuchando solamente nuestros pasos, encontramos un árbol de tamarindos del que generosamente su dueña nos permite cortar los que queramos, más adelante un extraño fruto pende del tronco de un frondoso árbol, “son guajes bola” dice Arcenio y recoge uno de los muchos que hay tirados en el piso, “póngalo a secar y le sirve para tomar agua”; nos explica que en tiempo de lluvia, el río Guayalejo sube los 15 metros de fondo que separa las casas de la corriente y que es capaz de inundar las más cercanas. Se lamenta de que cada vez el río tenga menos agua debido al riego de las parcelas y que, por lo mismo, hace tiempo dejó de ser navegable. Finalmente, nos invita a comer en su casa en Nueva Apolonia “ya le dije a mi esposa que ponga muchos frijoles”; aceptamos. De regreso ya no éramos los mismos, el lugar quedó grabado en nuestras mentes como esos paraísos terrenales a los que solo podemos acceder por pocas horas.

En la casa de Arcenio nos recibieron su esposa, su cuñada y su suegra, comimos un bistec en salsa de tomate exquisito, acompañado de arroz y frijoles, agua de jamaica y, de postre, unos tamales de dulce únicos en su tipo. La hospitalidad, la sazón única de la gastronomía y los monumentos históricos de la zona temporalera de Tamaulipas son un patrimonio tangible e intangible que, cuando se visitan, quedan grabados en la memoria y son orgullo e identidad de quienes los habitan. E-mail: garciasaenz70@gmail.com