Los graduados más pequeños de la UAT

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Hay graduaciones que anuncian el inicio de una carrera profesional, y otras que apenas anuncian el descubrimiento del mundo.

Esta semana, en el Gimnasio Multidisciplinario de Ciudad Victoria, 118 niñas y niños recibieron su primera constancia académica. Para muchos adultos presentes fue una ceremonia más dentro del calendario escolar. Para estos pequeñines, probablemente fue la primera vez que escucharon su nombre frente a un público, la primera fotografía con toga, el primer aplauso colectivo de sus vidas. ¡Qué bonito!

Cuando abordamos asuntos de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, suele ser relacionado con investigadores, de proyectos científicos, de vinculación internacional y de formación profesional; pocas veces se pone atención a uno de los servicios más silenciosos y al mismo tiempo más importantes que ofrece la institución: acompañar a las familias universitarias desde la primera infancia.

Mientras los pequeños subían al escenario, detrás de cada uno había una historia distinta. Madres que salen temprano a trabajar. Padres que combinan jornadas laborales con estudios. Docentes que encuentran en los CENDI y en el CDIN la tranquilidad de saber que sus hijos permanecen en espacios seguros mientras cumplen con sus responsabilidades.

Por eso la ceremonia encabezada por Isolda Rendón de Anaya, además de ser un acto escolar, es también el reflejo de una comunidad universitaria que ha comprendido que la educación no comienza cuando un joven cruza las puertas de una facultad.

Comienza mucho antes.

Comienza cuando un niño aprende a compartir un juguete.

Cuando descubre que debe esperar su turno.

Cuando entiende que existe algo llamado respeto.

Y cuando descubre que el esfuerzo tiene recompensa… y todo eso, ya se los enseñaron. 

Aunque los 71 alumnos del CENDI UAT Victoria, los 34 del CENDI Empresarial y los 13 del CDIN Victoria todavía no saben qué estudiarán dentro de quince o veinte años.

En la intimidad…  Durante años, la mayoría de nosotros aprendió a ver una botella vacía como un desperdicio.

Se usa.

Se tira.

Desaparece.

O al menos eso creemos.

Lo que está ocurriendo en el sur de Tamaulipas busca cambiar precisamente esa lógica.

A través de talleres impulsados por la Secretaría de Desarrollo Energético y Lazos del Bienestar del DIF Tamaulipas, habitantes de Tampico y Ciudad Madero están descubriendo que muchos de los residuos que terminan en la basura pueden convertirse en materia prima para producir energía.

Detrás del nombre técnico de pirólisis existe una idea sencilla: darle una segunda vida a materiales que normalmente terminarían enterrados en un relleno sanitario.

La futura planta proyectada para Altamira pretende convertir parte de esos residuos en combustibles, incorporando principios de economía circular que hasta hace poco parecían lejanos para muchas comunidades.

Lo interesante no es únicamente la tecnología.

Lo interesante es que la transformación comienza en casa.

En la decisión de separar residuos.

En la conciencia de que un problema ambiental también puede convertirse en una oportunidad productiva.

Y en la participación ciudadana que vuelve posible cualquier proyecto de largo plazo.

Porque el desarrollo sostenible no ocurre cuando se inaugura una planta.

Comienza mucho antes.

Comienza cuando una persona entiende que aquello que llamaba basura todavía puede tener valor.

davidcastellanost@hotmail.com

@dect1608

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