Nuestros viejos se están muriendo

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Clara García Sáenz

Durante los ocho meses que ha durado el confinamiento, he visto infinidad de publicaciones y de programas televisivos que hablan de la difícil situación que viven los niños en la pandemia.
En todas partes se presentan temas de los efectos psicológicos, terapias en casa para paliar el encierro, los problemas de no socializar con otros niños, los asuntos escolares, la falta de actividad física y una lista interminable de preocupaciones así como de recomendaciones.
He visto también como se prohíbe la entrada a centros comerciales, restaurantes y otros lugares a personas mayores de 65 años; en algunos, incluso jóvenes empleados con altanería les dicen que no pueden acceder al lugar y nadie parece decirles como paliar la crisis.
Tengo amigos mayores de 65 con una vida muy activa, están sanos y son económicamente independientes, incluso muchos ejercen como una especie de patriarcas o matriarcas en su familia y dan la cara económicamente por sus hijos, nietos y bisnietos.
Pero la mayoría han sido, durante estos meses, discriminados en muchos lugares, obligados a estar encerrados en casa, confinados, sufriendo la presión familiar del no salgas y el no vayas; como parte del drama que vivimos por la pandemia.
Pero hay otro grupo, tal vez el más vulnerable de todos, nuestros ancianos; adultos con más de 80 años que están en casa y que ya no son independientes, con dificultades para caminar, para moverse por sí solos y que tienen un cuidador permanente. De esos, nadie habla y cuando se habla es solo para decirle al resto del mundo, no vayas a visitarlos.
No hay consejos en la televisión para ayudarlos a enfrentar el confinamiento, no hay expertos escribiendo sobre ellos, ni psicólogos preocupados opinando de su difícil situación, se volvieron invisibles.
Ellos son los que se nos están muriendo, pero no de covid sino de tristeza; ellos, que esperan la visita de sus seres queridos, que necesitan la presencia del que viene de lejos a visitarlos, el beso del nieto, los abrazos espontáneos del bisnieto. Ellos son los que más están sufriendo.
Aguantaron uno, dos o tres meses sin visitas, comprendieron la situación, sobrellevaron el encierro sin la alegría familiar, eso era soportable. Pero siete meses agotan las explicaciones, la paciencia de la espera, se agota la vida.
El tiempo opera en su contra, sin que podamos hacer nada, esa es la otra cara de la pandemia, los que viven con el dolor de no ver a su familia, que extrañan ser llevados al café, a una fiesta o a un viaje. Que viven en la espera de la muerte, sin covid, pero con terribles ausencias en el alma. Así de crueles son las epidemias. El tiempo se agota, la espera parece interminable sin abrazos, besos y algarabía.

E-mail:claragsaenz@gmail.com

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