Clara García Sáenz

La promoción cultural es la acción atrás de la expresión artística y la política cultural de las instituciones, un oficio que cobró auge en Occidente después del impulso que André Malraux le dio en Francia a fines de la década de los 60.

El promotor cultural no tiene que ser necesariamente artista, de hecho, muchos expertos coinciden en que es recomendable que quien se dedique a este oficio profesional no lo sea, porque eso evita muchas taras de las que ha padecido el ejercicio de las políticas culturales a favor de grupos o personas; porque el artista debe dedicarse a crear y el promotor a diseñar espacios ideales para impulsar su relación con la población y el enriquecimiento cultural de ésta.

En México, la figura del promotor cultural se ha dado de manera creciente a partir de los años 80 con el surgimiento de instituciones culturales tanto en el gobierno federal como estatal y ha sido una constante que quienes se han formado en estos espacios sin ser artistas, tomen un papel casi de invisibilidad por la naturaleza de su trabajo: “estar tras bambalinas”.

Creo que este es el caso de Brenda Denisse de la Cruz López, la directora del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA); cuando se dio su nombramiento como tal, (y hay que decirlo, en un puesto tan codiciado), fue una tremenda sorpresa. Muchos candidatos, infinidad de aspirantes algunos autonombrados se llenaron de asombro cuando en una escueta foto apareció la licenciada Brenda recibiendo su nombramiento a manos de la secretaria de Bienestar Social, Verónica Adriana Aguirre de Los Santos.

Ante el asombro de artistas y periodistas, sólo alguien comentó sobre su aspecto y vestimenta en la foto, después vino el silencio, el rumor, la crítica y la descalificación; todo basado en la suposición y la percepción, ingenua de algunos y clasista de otros.

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de platicar con ella de manera informal al salir de un evento, alguien le dijo a bocajarro “nadie se esperaba su nombramiento”, ella sonriente contestó: “es que muchos no me conocen porque soy promotora cultural”.  Debo confesar que con esa expresión ganó mi simpatía, porque alguien como yo, con una vida dedicada a la promoción cultural entiende el peso y la dimensión de sus palabras, que tal vez para la mayoría pasaron desapercibidas, pero que, para mí, fue la explicación más completa y puntual del porqué tanta polémica después de su nombramiento.

Es frecuente que, para el artista y las autoridades, el promotor cultural sea una especie de mal necesario, a quien le exigen que cada evento, proyecto o programa sea exitoso. Cuando el indicador sube, se llenan los teatros y el público aplaude, son los dos primeros quienes se llevan el reconocimiento. Pero cuando la cosa no sale bien, la culpa y responsabilidad cae en el promotor. De ahí tal vez la nobleza de este oficio. Por esa razón, cuando escuché cómo se autodefinió, comprendí su nombramiento. Nos comentó que “las princesas y los mirreyes se acabaron en el ITCA, los cajones de estacionamiento de la oficina ya no están asignados a los funcionarios” y que no habrá privilegios para quienes trabajen con ella; que las puertas de su oficina estarán abiertas a todos los que quieran presentar algún proyecto además de que se trabajará para que la cultura llegue a toda la gente.

Hace algunos días fui a las oficinas del ITCA y efectivamente, los cajones ya no estaban asignados, sólo espero que las señoras priistas de la vieja guardia que prestaron sus servicios en sexenios pasados en este instituto y que no se distinguieron por su servicio eficiente sino que, al contrario, se llenaron de privilegios, siendo incluso, una de ellas acusada de malos manejos financieros y que ahora regresan a ocupar espacios de relieve en este organismo, lleguen ahora con el ánimo de la 4T de servir y no se conviertan en un obstáculo para que la licenciada Brenda Denisse lleve a cabo la tarea de la trasformación.

Deseo que los viejos funcionarios abandonen sus filias y fobias por ciertos artistas y pongan su experiencia al servicio desinteresado de los nuevos proyectos; que algunos artistas dejen de pensar que el ITCA está hecho para atender sus caprichos, comprendan que es una institución al servicio de la sociedad y dejen de exigir derechos por ser “artistas independientes” que dictan las políticas públicas. Pero sobre todo lo que más deseo, es que haya suficiente presupuesto para que la cultura llegue a los marginados, a las periferias y a los pobres. El presidente López Obrador ha dicho cuando se cuestiona el nombramiento a alguien “que no son cargos sino encargos” siendo congruentes con esa política, demos oportunidad a quienes se estrenan como funcionarios en el ITCA.

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