Por: Ambrocio López Gutiérrez

Como la mayoría de las jóvenes de origen rural de su época que deseaban convertirse en maestras, Carolina tuvo que desprenderse de la casa paterna en la adolescencia para enfrentarse a un mundo distinto al que había conocido hasta entonces. Había nacido, crecido y estudiado hasta la secundaria en un pueblo de la serranía veracruzana donde todas las mañanas hay neblina, hace frío y casi todos los habitantes se conocen. Han pasado cerca de cincuenta años desde que salió de su natal Huayachinango para dirigirse a Ayotzinapa donde se inscribiría en la normal y se afiliaría a la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, en cuyas asambleas conocería en distintos escenarios a los ilustres guerrerenses Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos, quienes se enfrentaron en su momento al supremo gobierno con el final trágico que casi todos los mexicanos conocemos.

Aunque se define como católica de siempre, el temor la acompañó la mayor parte de su vida; cuenta que en la normal de Guerrero donde estudió para maestra de primaria,  les tenía miedo a los maestros pero, sobre todo, al director; se imaginaba que ante cualquier error podrían expulsarla y regresarla a la sierra veracruzana. Estaba en una escuela donde se respetaba a las mujeres, sin embargo, en las escasas salidas procuraba no entablar contacto visual, verbal ni físico con algún varón porque su padre se lo había advertido: -Si me entero que andas de coqueta, vengo por ti y te llevo a Huayachinango donde no habrá de faltar en qué trabajes-.Por fortuna tuvo pocos sobresaltos en el transcurso de sus estudios, se graduó con buenas calificaciones y obtuvo nombramiento para la escuela de Tonahuiztla, pueblo ubicado en la sierra mixteca de Puebla donde vivió muchas experiencias pedagógicas ya que la mayoría de sus alumnos hablaban en mixteco y muy pocos se expresaban muy mal en español.

En Tonahuiztla se hizo amiga de sus colegas de la escuela donde laboraba y de algunos de los profesores de la secundaria técnica del pueblo vecino de Totoltepec a donde iban el fin de semana. En ocasiones un maestro de educación física, originario de Delicias Chihuahua, invitaba al pequeño grupo a algún baile en las comunidades vecinas. En una camioneta destartalada los docentes recorrían los caminos polvorientos de la mixteca poblana para ir a algún baile a Ixcaquistla, Xayacatlán, Acatlán y llegaron a cruzar la frontera con Oaxaca para ir a algunos festejos escolares en comunidades del otro lado de la sierra Mixteca. En ese tiempo Carolina seguía siendo víctima del miedo aunque con el grupo se sentía protegida ya que nunca iban mujeres solas a las fiestas porque las transportaba el profesor de deportes y otros maestros de primaria y secundaria de Tonahuiztla o de Totoltepec quienes la apreciaban de verdad.

Los temores siempre acompañaban a la maestra pero un día que regresaban de una comunidad vecina, en una curva los detuvieron varios hombres que amenazaron al grupo con una pistola amagando con llevarse a las maestras. Neutralizados los acompañantes de Totoltepec, ya se iban los asaltantes con su preciosa carga cuando Carlos, el maestro de educación física les gritó varios insultos; uno de los secuestradores se regresó, trató de golpear al reclamante, se hicieron de palabras, hubo confusión, se oyó un disparo pero la bala no hirió a nadie. Le quitaron el arma al presunto delincuente, le dieron unas cachetadas, soltaron a las muchachas y se fueron huyendo. Según Carolina aquella noche ella y sus compañeras se salvaron de ser violadas por unos desconocidos. El asalto tuvo final feliz pero los temores se acrecentaron cuando conoció al que sería su marido, el culpable de que haya llegado hace varias décadas a Tamaulipas, concretamente a una comunidad pesquera de Soto la Marina.

Conoció a Mauricio en una fiesta cerca de Tonahuiztla y la deslumbró aquel tamaulipeco que usaba bigote, chamarra de cuero y botas norteñas. Le dijo que había nacido en El Mante pero que había estudiado en la normal de Tampico. Un par de citas más y se hicieron novios y un año más tarde se casaron tramitando casi de inmediato su traslado a Tamaulipas; ella al municipio de Soto la Marina, él a Abasolo. Cuenta que en los primeros años de matrimonio, antes de que llegaran los niños, él la complacía llevándola a pasear a Palmillas (ahí se hizo devota de Nuestra Señora de las Nieves), al Chorrito, a La Pesca, a Reynosa y en vacaciones visitaban familiares en El Mante o en Huayachinango. Cuando tuvieron hijos, las cosas cambiaron, las relaciones se enfriaron y volvieron los temores de Carolina cuando comenzó a imaginar que su marido buscaba a otras mujeres, quizás aburrido por la crianza de los bebés.

Una compañera de Soto la Marina le informó que Mauricio andaba de novio con una maestra de Victoria lo cual explicaba sus frecuentes ausencias. Dice Carolina que lo extraño es que sus viejos temores comenzaron a desaparecer cuando se enteró que su marido ya no la quería. –Es curioso pero entre más información me daban de sus correrías, yo mejor me sentía y me concentraba en el cuidado de mis hijos que seguían creciendo-. Dice que haberse liberado de un matrimonio sin amor le quitó el miedo y, en la fila para recibir la vacuna contra el Covid, se define: Soy maestra a mucha honra, en las comunidades me veían raro porque soy blanca de piel pero yo les decía que soy güera de rancho. Ya tengo nietos, amo la vida y no le temo a nadie, solamente a Dios.

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