HISTORIA PARA LA VIDA

Por redaccion Mar 6, 2021

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Por: Ana Juárez Hernández

Cuando tenía cinco años jugué a ser Alejandro Magno conquistando la India, o Marco Polo recorriendo los mares; más tarde quería ser Simón Bolívar y andar por América como libertadora, tuve mi faceta de Adolfo Bécquer, de Keats; mis fantasías en que era Modigliani, Georges Bizet, Sor Juana Inés y hasta Leonora Carrington. A mis veintiún años, descubrí que quería ser historiadora. Me di cuenta como lo hacen los investigadores, uniendo las piezas de la memoria – preciado material para el que ejerce el oficio-. Llevaba ya varios años cursando la carrera, formándome y recolectando las herramientas que los apasionados maestros ponían a mi alcance, pero en el séptimo semestre se reveló ante mí el mapa completo. ¿Qué hace un historiador?, ¿qué tiene de emocionante ser un detective del pasado?, ¿qué descubrí que lo cambió todo?

Un historiador es una persona que tiene muchas preguntas, preguntas inacabables e inconsumibles sobre el mundo que le rodea. No puede estar quieto, así que parte a donde lo llame la información, va en busca de las fuentes: documentos, testimonios, monumentos, piezas musicales, esculturas, fotografías… En una suerte de médium, interroga exhaustivamente a cada una. Esto lo logra porque al formarse aprende a cazar las huellas del tiempo. Se prepara también en la investigación, la interpretación ¡y hasta descubre cómo leer los documentos antiguos!

Pero no le basta con haber encontrado la información, la hace suya, la interpreta y luego delicadamente -aunque no por ello de manera menos impetuosa-, escribe letra a letra el discurso que ha de explicarle al mundo el resultado de su feroz búsqueda. Llena cuartilla tras cuartilla relatando su encuentro con gentes de otros tiempos, plasma su interpretación, siempre desde la distancia -porque es consciente de su papel -. El historiador no quiere ser actor en sus historias, quiere mirar, quiere entender, y lo hace, porque las fuentes le aseguran un lugar en la primera fila de los acontecimientos. Así, viaja hasta tierras remotas, recorre los siglos, iluminado con la antorcha de la academia, el oficio le brinda una luz brillante para que desempeñe su tarea. Su tarea es volver cognoscible lo que permanecía en la oscuridad. Darle un nuevo valor a las costumbres y descubrir para el mundo aquello que nos une más que nada: nuestra Historia.

La Historia es una herramienta que dota de sentido a nuestro entorno (incluso a la vida cotidiana), tiene el poder de colocar al individuo en la colectividad, de mostrarnos así que somos parte de un todo que no ha surgido de la nada y que lo que acontece en el tiempo presente también determinará el futuro. La Historia resulta alentadora ante el constante temor a desaparecer sin dejar huella, la investigación y el discurso del historiador no son sólo instrumentos de comprensión, sino también elementos perpetuadores de los actos humanos.

Sin embargo, hoy en lo que pareciera un instante, hemos descuidado a la maestra de la vida. Día a día el Patrimonio, testimonio de la Historia, legado de nuestros antepasados -que llegó a nosotros para ser protegido y enriquecido- está siendo amenazado y destruido, -y con ello nosotros-. Los monumentos son derrumbados sin sentido, los documentos ¡ah, esos papeles viejos!, que no tienen otra cualidad que relatar cosas, son triturados, quemados o arrojados a la calle. Lo que no es visible para el ojo común, es que en esos objetos van las vidas de muchas personas, empleos, pasiones, dolor, historias… ¿Sin fuentes, cómo haremos Historia?, ¿seguiremos haciendo Historia?, ¿hay alguien dispuesto a dar batalla en nombre de la memoria? Y es que si no, ¿qué será de ti y de mí cuando envueltos en el Alzheimer del tiempo no podamos dar pasos seguros, sin temor a errar el camino o a caer en el abismo de la incertidumbre? ¿Cómo nos vamos a reconocer si nos borramos? Hoy, más que nunca, necesitamos abrir los ojos al pasado, abrazar nuestro Patrimonio y protegerlo para que la Historia y con ella la humanidad, puedan seguir incólumes.

Al llegar al séptimo semestre y mirar atrás, descubrí que amaba a la Historia. Cuando has sentido el primer documento antiguo en tus manos enguantadas; cuando te pones el cubrebocas o respiras el aire de los monumentos. Cuando te cobijas en la sombra de los edificios otrora habitados. Al mirar a la mujer tatemar los chiles con su técnica maestra y tortear las de maíz como se lo enseñó su abuela. Cuando las pinceladas arrobadoras de los cuadros llaman a tus ojos o las melodías vuelven tibio tu pecho, cuando se te revela el Patrimonio Cultural, al reconocerte en el mundo: descubres que la Historia es una ventana a tu propia alma, parte de tus latidos.

Y en ese momento, al sentirte más completo que nunca y reconciliado al fin con los ancestros, te sorprendes sonriendo ante la certeza de hallarte en el sitio correcto.

E-mail: anajuarez.9296@gmail.com

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