Makito: el alcalde que estorbó en su propia casa

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Por José Juan Tomás

La visita de la presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, a Reynosa no solo dejó discursos, promesas y la foto oficial de rigor. Dejó algo más revelador: la exhibición pública del aislamiento político y social del alcalde Carlos Peña Ortiz, mejor conocido como Makito.

Y no fue un detalle menor. En un evento donde por protocolo el alcalde anfitrión ocupa un lugar central en el presídium, Makito simplemente no estaba contemplado. No hubo silla, no hubo espacio, no hubo deferencia. Fue la propia presidenta, con oficio político y sentido institucional, quien tuvo que ofrecerle un lugar. Un gesto diplomático que contrastó brutalmente con el mensaje real: el alcalde de Reynosa había quedado fuera del círculo.

El desaire no fue casual ni accidental. Fue el reflejo fiel de una administración que decepcionó, que quedó corta y que hoy pesa más por sus omisiones que por sus resultados. Reynosa, ciudad fronteriza estratégica, motor económico del noreste y punto clave del desarrollo nacional, vive sumida en el abandono: baches interminables, drenajes colapsados, fugas de aguas negras sin atender, colonias olvidadas y una infraestructura urbana que se cae a pedazos.

Mientras la ciudad se hunde, Makito parece habitar otra realidad. Su gobierno se ha caracterizado más por la frivolidad, la fiesta y el espectáculo, que por el trabajo serio y responsable que exige gobernar una ciudad compleja y golpeada por problemas estructurales. Circo, maroma y teatro… con pan solo para unos cuantos.

El deterioro no es solo urbano, también es social y político. El repudio ciudadano crece y se manifiesta sin pudor. Reynosa no perdona la incapacidad ni la soberbia, y hoy el alcalde cosecha exactamente lo que sembró: desconfianza, hartazgo y aislamiento.

Y como en toda mala historia de poder, aparece la sombra del pasado. Porque Makito no gobierna solo; gobierna con apellido. Detrás del Ayuntamiento sigue operando la figura de su madre, la exalcaldesa Maki Ortiz Domínguez, cacique política local, dos veces presidenta municipal, cuyo legado dejó un municipio endeudado, desordenado y quebrantado. Hoy, su hijo parece decidido a repetir la historia… o a empeorarla.

Como diría la Popis: “Acúsalo con tu mamá, Makito”. Pero ni eso alcanza ya. Reynosa está cansada de gobiernos improvisados, de herencias familiares y de alcaldes que confunden el poder público con un escenario personal.

La visita presidencial solo confirmó lo que en la calle se comenta desde hace tiempo: Carlos Peña Ortiz es hoy un estorbo político, un alcalde rebasado por su propia incapacidad y aislado por sus errores. Reynosa merece más.

Mucho más.

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