Vida y muerte; Benjamín y AVA

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Por: David Castellanos Terán

El sol en su esplendor, y al principio no fue el verbo. Fue el movimiento.

Miles de cuerpos avanzando hacia la orilla, como si fueran a cruzar las aguas del golfo de México u obedecieran a una gravedad distinta, una fuerza inexplicable, sin registro de ella en la física ni en ningún manuscrito. Así comenzó —o así pareció— la Semana Santa en las playas de Tamaulipas: con una marea humana que convirtió la arena en territorio compartido y la costa tamaulipeca en espejo de vida y plenitud.

En Playa Miramar, en Playa Bagdad, en La Pesca, el oleaje acarició el horizonte; el infinito dejó de ser geografía para convertirse en un fenómeno. Familias enteras, visitantes que llegaron desde otras latitudes del país y algunos del extranjero, ocuparon el espacio con una naturalidad que no se decreta. Sucede o no sucede… Y esta vez, se vivió.

La música —como si el sonido fuera el pulso que ordenaba el caos—, conciertos gratuitos frente al mar, juegos, castillos de arena improvisados, risas en castellano, inglés o alemán sin necesidad de traducción. El secretario de Turismo, Benjamín Hernández Rodríguez, habló de “éxito total”. Y en términos de afluencia. Las playas estuvieron abarrotadas.

El gobierno estatal, encabezado por Américo Villarreal Anaya, insiste en que hay una estrategia: orden y promoción que amparan su verbo convertido en resultados turísticos. Puede ser. Pero conviene no confundir el origen del universo con la versión oficial del Big Bang.

Y es que lo que ocurrió en la costa tamaulipeca no es solo producto de la planeación institucional. También es consecuencia del pasado, de algo más profundo: la necesidad colectiva de ocupar el espacio público sin miedo, de recuperar la calle, la arena, el mar.

Ahí está el verdadero fenómeno.

Los turistas no vienen  a validar políticas públicas. Llegaron a vivir. A cantar. A mojarse los pies —también— en un mar que, por unos días, dejó de ser frontera para convertirse en refugio, y renacer.

Pero todo universo tiene su ley.

La expansión —como en la teoría cosmológica— no es infinita ni espontánea. Requiere condiciones. Infraestructura. Seguridad constante, no eventual. Servicios que resistan la presión de la multitud y no colapsen cuando la arena deja de ser postal y se convierte en realidad.

Ahí está la prueba que viene.

Porque cuando la marea baje, cuando el ruido se disipe y cuando la playa recupere su silencio, lo que quedará no será el eco de los conciertos, sino la capacidad —o no— de sostener lo que se mostró en estos días.

Tamaulipas tuvo su instante de expansión. Su resurrección.

Felices Pascuas.

En la intimidad… La ciudad también encontró su propio ritmo. No en la arena, sino en el asfalto.

Tampico recuperó su carrera atlética conmemorativa a las festividades de su fundación; este año es el 203 aniversario; fueron más de 600 corredores los que trazaron una ruta entre la resistencia física y la memoria colectiva, en distancias de 13 y 24 kilómetros que unieron territorio,  voluntad y amor por Tampico.

El arranque, encabezado por la alcaldesa Mónica Villarreal Anaya, fue menos protocolario de lo que suele ser la política y más cercano a lo que debería ser: un punto de encuentro.

Hubo respiraciones agitadas, pasos firmes y una ciudad que, por unas horas, decidió avanzar al mismo ritmo que por un momento fue de todos.

Porque reconstruir comunidad —a diferencia del universo— no ocurre en una explosión. Se hace paso a paso, día a día.

davidcastellanost@hotmail.com

@dect1608