Por: Clara García Sáenz

Cuando nos dijeron que no había dinero para que fuéramos al Congreso a pesar de que nuestra ponencia había sido seleccionada, decidimos irnos por nuestras cuenta; estando ya a cientos de kilómetros de Victoria en el evento académico nos llevamos la sorpresa que había muchos compañeros que con cargo al erario habían asistido. Durante una semana hicieron turismo académico facturando consumos. Entonces yo era muy joven, tal vez por eso creía que la meritocracia funcionaba en el ámbito académico y que con permanencia y trabajo se podían lograr privilegios. Pero no sabía que la mayoría de ellos contaba con amigos o estatus para hacer esas cosas.
Cuando estudiaba la maestría en Historia asistí a varios congresos, que también pagué de mi bolsa porque se trabajaba el tema de mi tesis, ahí me tocó ver como los altos funcionarios de los Colegios y Universidad que organizaban el evento se daban verdaderos bacanales en los mejores restaurantes, algunos fumaban habanos y descorchaban vinos de reserva mientras les compraban caros atuendos a sus mujeres, las cuales los acompañaban y hacían turismo recreativo mientras ellos se dedicaban al “trabajo académico”.
Un día platicando con un Doctor SNI III (categoría más alta que otorga Conacyt como investigador) me dijo que en ese nivel se ganaba mucho dinero, “claro no tienes vida propia, debes aprender a llenar papeles para que no te saquen de la jugada, el problema es que te acostumbras al dinero y terminas siendo un esclavo simulador de la investigación”.
Sus palabras no me sorprendieron porque para entonces había comprendido que en la academia estaban las mafias más pesadas, si publicabas con éste no podías hacerlo con aquel, cada banda tenía sus propias producciones y para estar en el juego era cuestión de enrolarse con un grupo que te invitara a publicar y a sus proyectos comprometiéndote a hacer tú lo mismo.
Había mucho dinero pero también había un sistema muy bien organizado para repartir y compartir méritos, reconocimientos, medallas y presupuestos. Pero el estatus y el servilismo eran los detonantes para alcanzar una posición clave.
A grandes méritos, grandes complicidades y ahí venían investigaciones gubernamentales hechas por los más altos académicos de las universidades donde el reparto presupuestal se justificaba y eso sí, los investigadores, expertos en establecer objetivos de investigación y justificaciones del proyecto terminaban siendo muy bien pagados.
Por eso la Estafa maestra con Peña Nieto resulta juego de niños en la gran maquinaria del presupuesto para investigación en México: recursos discrecionales en las universidades repartidos cada fin de año a los investigadores al contentillo de las autoridades; tiempos completos simulando concursos y la supuesta gran cantidad de investigaciones en curso que no impactan ni un ápice en la realidad social más cercana del investigador, solo son botones de muestra de la pus académica. E-mail: claragsaenz@gmail.com