Cerebros cansados

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En México, más de ocho mil personas se quitan la vida cada año. Una proporción significativa de esas muertes corresponde a jóvenes entre 15 y 29 años, un segmento en el que la presión académica, la ansiedad social y la incertidumbre económica se cruzan con una etapa vital de enorme fragilidad emocional.

Las aulas del país —y también las de Tamaulipas— están llenas de estudiantes que cargan silenciosamente con estrés, ansiedad o depresión. No siempre lo dicen. No siempre lo saben. Y con demasiada frecuencia el sistema educativo tampoco tiene herramientas suficientes para detectarlo a tiempo.

Lo sucedido en días pasados debe ser fortaleza para el futuro; por eso, el director del Instituto Tecnológico de Ciudad Madero, Juan Dionisio Cruz Guerrero, en colaboración con académicos de la Universidad Autónoma de Baja California encabezados por el académico José Jaime Esqueda Elizondo, está desarrollando un proyecto científico para medir los niveles de estrés y ansiedad en estudiantes a partir del análisis de señales electroencefalográficas y el uso de inteligencia artificial.

El proyecto busca observar la actividad cerebral de los estudiantes mientras participan en dinámicas recreativas diseñadas para disminuir tensiones emocionales. El objetivo no es menor: entender cómo responde el cerebro ante estímulos que pueden reducir ansiedad y estrés, dos factores que suelen ser antesala de crisis más profundas.

La iniciativa representa algo más que un experimento académico. Es un intento por llevar la ciencia a un terreno donde durante años han predominado la intuición y el voluntarismo: la salud mental estudiantil.

La tecnología utilizada en esta investigación permite registrar la actividad eléctrica del cerebro mediante sensores especializados. A partir de esos datos se puede identificar cómo reaccionan los estudiantes ante determinadas estrategias pedagógicas o lúdicas que buscan reducir la carga emocional asociada a la vida universitaria.

En términos simples, se trata de medir lo que muchas veces no se ve.

Durante décadas el sistema educativo mexicano se concentró en medir calificaciones, promedios y eficiencia terminal. Hoy el desafío es otro: entender qué está pasando en la mente de los jóvenes que habitan esas aulas.

Porque detrás de cada abandono escolar, de cada crisis emocional o de cada episodio de violencia estudiantil suele existir una cadena de factores que comienza mucho antes de que aparezca el problema visible.

Las universidades y tecnológicos que comienzan a investigar estos temas están reconociendo una realidad que el país ya no puede seguir ignorando: la salud mental de los jóvenes se ha convertido en un asunto público.

Las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía confirman que el suicidio se encuentra entre las principales causas de muerte en la población joven del país. Detrás de ese fenómeno aparecen factores recurrentes: depresión, ansiedad, presiones escolares, entornos familiares conflictivos y precariedad económica.

La ciencia, la tecnología y la investigación académica pueden aportar respuestas. Pero también dejan claro algo más profundo: el bienestar emocional de los estudiantes no depende únicamente de laboratorios o algoritmos.

Depende de la forma en que la sociedad entera decide acompañar a sus jóvenes.

En la intimidad… Mientras en las universidades se exploran nuevas herramientas científicas para entender la mente de los estudiantes, en el sistema educativo básico se intenta enfrentar otro problema: la violencia escolar.

La Secretaría de Educación de Tamaulipas ha reconocido que el fenómeno no puede abordarse únicamente desde las aulas. El diagnóstico es claro: muchos de los estudiantes que reproducen conductas violentas arrastran historias de conflicto dentro de sus propios hogares.

Niños y adolescentes que crecen en entornos de violencia familiar, exclusión social o abandono emocional suelen replicar esas conductas en la escuela. Cuando no encuentran contención en casa ni en el aula, el resultado es una cadena de aislamiento, frustración y agresividad.

La estrategia estatal busca revertir esa dinámica mediante una mayor participación de docentes, madres y padres de familia. La premisa es sencilla: ninguna política educativa puede funcionar si la comunidad que rodea a los estudiantes permanece al margen.

El programa Tamaulipas Educa, que contempla compromisos y acciones para los próximos mil días de gobierno, pretende convertir a las escuelas en espacios seguros donde los estudiantes encuentren algo más que formación académica: convivencia, acompañamiento y estabilidad emocional.

Las autoridades educativas también han comenzado a promover jornadas periódicas de reflexión contra el bullying, las adicciones y la violencia escolar, involucrando a estudiantes de secundaria y bachillerato en discusiones abiertas sobre el origen de estos problemas.

El mensaje es claro: la escuela no puede ser un espacio donde solo se enseñen materias. Tiene que convertirse en un entorno donde también se construya paz.

En un país donde los jóvenes enfrentan cada vez más presiones sociales, económicas y emocionales, el desafío educativo ya no es únicamente formar profesionistas.

El verdadero reto es formar seres humanos capaces de mantenerse de pie.

davidcastellanost@hotmail.com

@dect1608