DEL OTRO LADO

Por redaccion Nov7,2021

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Por: Ana Juárez Hernández

“Reaparecen de golpe en una nota escrita con su letra,
tararean dentro de nuestra cabeza sus canciones
incluso dicen sus frases favoritas por nuestra boca.”

-Irene Vallejo.

El mundo cuenta dos meses sin él caminando sus calles. Dicen las noticias que la Tierra no dejó de girar, que el tránsito hizo lo que los domingos y los lunes. Las lluvias continuaron y lo harán como si nada hubiera pasado, pero sí pasó. Se cayó el velo que protegía los corazones del frío. Se fue para siempre el abrazo fraterno, el suave perfume, la sonrisa pícara, la preocupación sincera…
Una mañana nos robó el aliento la novedad: lo ingresaron al hospital, pronóstico desfavorable. Pasaron los días proyectándose en una realidad callada hasta el primero de septiembre. Aquel día pregunté temprano cómo seguía, para la noche ya nos faltaba. Así, sin aviso, sin despedida, sin ese instante en el que se le ruega al tiempo que dé una tregua.
Nunca entendí completamente su lenguaje con mi papá -aunque eran las risas más que las palabras, los códigos secretos-. El ambiente se llenaba de su vibra que todo lo hacía posible y cuando las cosas se ponían difíciles, llegaba mi tío -mano amiga- a dar apoyo. Se fue de pronto y se quedaron expectantes -abiertos- los brazos y los besos de sus hijos, hermanos, tíos, sobrinos y nietos…
Dicen los que saben que cuando perdemos a alguien, perdemos a todos -o al menos así se siente-. Y es que, cuando procesamos la información, nuestro cerebro se activa en cierta región y no distingue temporalidades; como si de golpe prendieran las luces de todos los cuartos. El alma sabe que ha perdido y el costado responde con un hormigueo; en una madeja de recuerdos-escalofrío vemos desfilar ante nuestros ojos a nuestros amados ausentes.
Despertar todos los días después de la pérdida es un eterno recordar -sí, pasó-. Pero aquí estamos en este pedazo de realidad que se expande cada minuto, cada hora, cada instante en que nos permitimos respirar el aire fresco de la mañana; en que nos frotamos los ojos, nos quemamos con el café o nos aliviamos el semblante con un pedazo de pan.
La ausencia no será menos grande; nos faltará siempre la conversación estridente, el mensaje oportuno; nos confundirán las siluetas y voltearemos irremediablemente dondequiera que haya multitudes; regresaremos a veces sonrientes, seguros de que el chiste que escuchamos en la reunión le gustará… Nos tropezaremos una y otra vez con eso que ocupa más espacio que nada, el vacío. Pero cada paso que demos, iremos interiorizando las memorias; haremos nuestros frases, lecciones y gestos.
Estoy convencida de que venimos al mundo con un propósito, por eso sé que cuando alguien logra tocar los corazones, la estancia ha valido la pena. Por eso vale la pena sentamos a reír, a llorar o a ver juntos cambiar la luz del sol y entibiarnos las manos. Vale la pena estar. Porque ese es el regalo más grande; el tiempo, la mirada, el otro, el otro.
Y aunque cale el frío; aprenderemos a tomar el turno, a abrazar con fuerza, a apostarlo todo, a vivir sin miedo. Escogeremos de la pila de olvidos aquello que realmente nos interesa. Cobraremos el boleto, comeremos el pastel, leeremos las páginas completas, y amaremos, mientras seguimos aquí, en este lado.

E-mail: anajuarez.9296@gmail.com

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