Por: Clara García Sáenz
Tampico hermoso

Hace algunos días visitamos Tampico para recorrer sus calles, comer sus manjares, disfrutar su patrimonio cultural. Desde Ciudad Victoria, por carretera, saltaron a la vista en el paisaje rural los molinos de viento, el parque eólico de Tres mesas y no puede dejar de pensar en don Quijote desde que Ambrocio frente al volante dijo, “Con esos, pelearía el Caballero andante si Cervantes viviera en nuestro tiempo”. También recordé que un teórico social dijo que “la presencia de esas hélices violentaba el paisaje natural”.
En realidad no me parecen feas, el paisaje cambia cuando interactuamos con él, son una obra monumental de ingeniería, digna también de admirar. Es un paisaje trasformado, intervenido y aprovechado tecnológicamente para beneficio humano.
Más adelante vimos el Bernal, símbolo tamaulipeco por excelencia, al verlo me imaginé a Alexander Von Humboldt, describiendo el emblemático cerro en su cuaderno de notas que después convirtió en el “Ensayo político de la Nueva España”; lo imaginé cruzando por estas tierras, admirando el extraordinario paisaje, ¿qué comería? La duda me asaltó por largo rato.
La nubosidad y el verdor de los cerros, ya en la autopista, anunciaban la cercanía de la playa, las lagunas y el río Pánuco. Paramos para almorzar en El Asador, unos huevos Beirut a precio de ganga, para después recorrer la avenida Hidalgo, embellecida con sus casas con hermosas y viejas fachadas.
Llegamos al hotel sin prisas, desde la habitación se observaba el Puente Tampico y más allá los mecheros ardientes de “los veneros del diablo”, como diría el poeta; recordé la torre Eiffel que en París la veía a la misma distancia y por la noche era un emocionante espectáculo desde la ventana del hotel. Creí que el puente, por la noche luciría majestuosamente iluminado, como gran icono que es del puerto.
Salimos sin perder tiempo rumbo al edificio de la Aduana, no sin antes caminar por los mercados que provisionalmente tenían 5 años muy cerca de la vía del tren; al cruzar el control de vigilancia nos recibió Angélica Martínez, de Guía Cocodrilo A.C., quien nos hizo un recorrido guiado por el interior del edificio, después, Felipe de Jesús nos llevó en lancha por los muelles del río Pánuco; lagartos, iguanas, garzas y gaviotas en cantidades se dejaron ver, junto a los grandes barcos que se encontraban en el Puerto, uno, por cierto, tenía un nombre muy literario: Macondo.
De regreso a tierra buscamos el desaparecido Nuevo Mundo para comernos una orejas de elefante, un hombre de aproximadamente 80 años que se hallaba parado en una esquina nos dijo que había cambiado su nombre por Mundos y que estaba a una cuadra y media del antiguo restaurante ya cerrado, famoso por servir las más grandes milaneses de res en Tampico que desbordaban el plato; se dice que su tamaño era para poder calmar el hambre de los alijadores que terminaban de descargar los barcos en la madrugada. Pedí una, que no era tan espectacular como se recuerdan, pero si estaba bastante sabrosa.
Ya por la tarde fuimos a la catedral para escuchar misa de víspera, nos sentamos en la plaza mientras salía el cortejo de una boda de la alta sociedad tampiqueña; todos finamente ataviados retirándose en lujosos carros, sin duda un espectáculo para las revistas de glamour.
El interior de la catedral es una verdadera joya, la decoración de su techo y paredes con finísimos detalles muestran la riqueza artística y económica del lugar, me recordó el decorado mudéjar de muchas iglesias en España, no es que se les parezca, pero esta catedral tiene lo suyo.
Al salir nos dimos tiempo de tomar un café lechero en el Elite y mientras caminamos rumbo al hotel por las calles del centro, se escuchaba gran variedad de música en bares, restaurantes y antros por los que pasábamos.
Cuando llegamos a la habitación, descubrí con tristeza que el puente Tampico no se veía, sólo los mecheros ardiendo al fondo; esperé por largo rato y me recosté hasta que el sueño me venció, ya en la madrugada me puso en pie para ver el puente, seguía apagado, pero la música en las calles no cesaba, recordé la Gran Vía en Madrid, la ciudad no duerme, es una fiesta permanente hasta las cinco de la mañana.
Al día siguiente fuimos a buscar el restaurante Las Tampiqueñas, que pertenecía al Hotel Colonial, nos pasó lo que a Joaquín Sabina, mientras que él se encontró una sucursal de banco Iberoamericano, nosotros nos topamos con una plaza de la tecnología; el hotel está concesionado a una cadena internacional. Esta vez no había personas mayores que se acordaran y nos orientaran, los empleados de la plaza, no sabían que ahí se servían ricos almuerzos, así que, caminamos unos pasos y nos metimos al Churrasco que fue durante años La Casa de la Troya y donde se comía un excelente menú español, la ganancia fue poder disfrutar la plaza de La Libertad desde el balcón de un segundo piso y comer quesadillas de huitlacoche por un precio irrisorio.
Después nos fuimos a la Playa Miramar, recorrimos el malecón, vimos los mapaches, las toninas, los barcos, la gente comiendo elotes y cocos, los valientes bañistas que retaban la bandera negra, algunos surfistas y un domingo espléndido donde la mirada se perdía en lontananza sumergida en el azul profundo del Golfo de México.
De regreso a Tampico paramos en el quiosco del centro de Madero, había un grupo musical que hacia pruebas de sonido, nuevamente comprobé la riqueza musical jaiba, primero tocaron una ranchera y después “Campos de algodón” a ritmo de cumbia, tuvimos que esperar un rato porque la iglesia estaba cerrada, cosa rara en domingo, una beata nos dijo que abrían hasta las cuatro.
La espera valió la pena, muy grande y amplia es por dentro, los decorados de techos y paredes emulan a la catedral de Tampico; lo que me pareció feo y descuidado fue el altar mayor que se ve viejo y carente de belleza, su austeridad no parece ser su cualidad sino más bien el descuido. Terminamos el día yendo al cine y rematamos con unos chilaquiles de Sanborns, por cierto, el menú de mayor precio que pagamos en todo el viaje.
Realmente es impresionante la cantidad de lugares con los que cuenta esta zona del estado de Tamaulipas, su riqueza radica en la variedad de cosas por ver, hacer, comer y disfrutar.
Al siguiente día, antes de regresar a Ciudad Victoria, fuimos al mercado a comprar queso bola traído de Veracruz, un verdadero manjar, pan de dulce estilo Tlaxcala y unos exóticos cactus.
Por la carretera abundaban vendedores de cebolla amarilla y chile habanero, pero no paramos hasta llegar a casa con la sensación de que solo habíamos visto y disfrutado una muy pequeña parte de la riqueza de ese hermoso puerto tamaulipeco.
Ya en Victoria me enteré que el Puente Tampico nunca lo prenden, que ha sido vandalizado, no se le da mantenimiento y muchos tampiqueños ni se acuerdan de él y por lo mismo no se han dado cuenta que está apagado.
Muchos son los esfuerzos que desde hace años pocas personas hacen por mantener, custodiar y difundir el patrimonio cultural de Tampico con excelentes resultados, pero falta mucho por hacer, tanto en la recuperación de inmuebles como en los espacios públicos.
Es lamentable que obras de ingeniería como el Puente Tampico que es el símbolo de la ciudad no esté en el paisaje urbano nocturno emulando a París con su legendaria torre.
E-mail: claragsaenz@gmail.com

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